martes, 26 de junio de 2012

Crítica a Moneyball: Rompiendo las reglas (Bennett Miller, 2011)

 
Crítica para FilmAffinity:
Moneyball no es una película sobre el rugby, es una película -homenaje- sobre el deporte. Concretando más, es una película -homenaje- sobre lo más importante de él: la honestidad. Sin honestidad no hay deporte; hay circo, hay alienación, hay negocio, hay otras cosas pero Deporte con mayúscula no. Lamentablemente, el deporte de élite -y la farándula que le rodea- sufre una metástasis que corrompe desde el periodista que sólo cubre las noticias del equipo que da dinero al Presidente que en su vida ha visto un balón y está ahí para hacer negocio.

Moneyball cuenta la historia de Billy Beane, director general de los Atléticos de Oakland que revolucionó el mundo del béisbol con técnicas distintas e innovadoras basadas en la estadística, entre otras cosas. Como a todo aquel que choca con lo políticamente correcto y las normas establecidas por el establishment, fue denigrado y demonizado por la opinión publicada (que no pública) y, en definitiva, por el consejo de sabios que dictan sentencia en los debates de barra de bar.

Pero Billy comenzó a andar. Y empezó perdiendo. Pero siguió porque no tenía miedo, ya que sólo tiene miedo el que no está convencido. Y empezó a ganar. Y siguió ganando. Y pulverizó todos los records de la historia del béisbol. Pero perdió el último partido. Y eso en un panorama donde impera el más estricto de los resultadismos, donde importa el resultado y no el juego, chungo.

Pero Billy siguió fiel a sí mismo, porque sabía de la honestidad. Sabía que importa más la opinión de la propia conciencia que la opinión del resto, tanto en los halagos como en las críticas más duras. Ya dijo Buda que teníamos que ser igual de serenos que los muertos de un cementario cuando alguien se acerca a ellos y les dice que son los mejores o los más repugnantes. "Utiliza tu inteligencia y tu corazón, pues al final será juzgada, premiada o castigada cada acción", rapeaba Kase O.

Y Billy no se vendió. Pudo ser el "manager" mejor pagado de la historia del deporte, pero se quedó en su equipo, fiel a su estilo, para intentar ganar ese último partido que le diera el título. Y no se comió un colín pero fíjaos si es respetado y querido que hasta le hacen películas como ésta.
 
Y una obligada aclaración: cambiar a un equipo mejor no tiene por qué significar venderse. Un buen deportista tiene aspiraciones y metas, ha de saber en cada momento cómo llegar a ellas, pero del mismo modo tiene que saber qué o cuánto sacrificar para llegar a ellas. Eso de "venderse" es un término cristiano, igual que la "divinidad" y el puritanismo. Normalmente quienes acusan de venderse al resto es porque se les puede aplicar a ellos aquello de "tú no te puedes vender, nadie te quiere comprar".

En fin, mi más sincero respeto a los que intentan preservar la honestidad en el deporte y a los que no sucumben ante las mieles y los cantos de sirena de un sistema que lleva en su ADN una corrupción tan innata que llega hasta las últimas instancias del deporte; desde los despachos de las televisiones donde los equipos grandes se reparten los derechos de emisión hasta ese compañero de equipo suplente que te critica porque el que juega en su lugar también podría jugar en el tuyo y así dejarle su puesto libre.

Hay veces que en el deporte, como en la vida, importa más cómo se juega que el resultado. Y sin respeto, solidaridad, compañerismo y honestidad, no hay deporte. Y me atrevería a decir que tampoco hay vida.

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