Ser mayoría

viernes, 24 de enero de 2014 · 0 comentarios



Hay puestos sobre la mesa de lo que podríamos llamar “izquierda transformadora” varios debates, quizá el más destacado al menos en los últimos días es el de la imperiosa unidad de la izquierda. Nos encontramos a escasos meses de una sucesión de procesos electorales que concluirá con las elecciones generales de 2015. Aun partiendo de que el objetivo no es gobernar sino transformar y de que gobierno y poder son dos cosas distintas, pues en realidad Rajoy solo es un capataz de la oligarquía financiera realmente dominante, no son unas elecciones más. Podríamos aprovechar las europeas para explicar el nudo gordiano que significa esta Unión Europea, representada de manera fidedigna en la figura de Mario Draghi, para los pueblos europeos con especial saña con los del sur; las municipales para profundizar en la construcción de poder popular, no solo en la teoría, que también, sino (y sobre todo) en la práctica, pueblo a pueblo y barrio a barrio; y las generales para poner encima de la mesa nuestro proyecto de país atravesado por dos cuestiones fundamentales como son la conquista de la democracia y la soberanía, en el sentido más profundo de ambos términos. Hacer pedagogía elevando la conciencia de los sectores populares golpeados por la crisis para que éstos no señalen los excesos del sistema sino el propio sistema, es una tarea mucho más profunda –y por supuesto revolucionaria- que conseguir unas décimas más de votos. Y lo dice alguien que se presenta a las elecciones. Pero es que tienen razón quienes dicen que esto no se arregla cambiando de manijero, es decir, que sin un pueblo consciente, organizado y dispuesto a dar la batalla, entrar en disputas sobre elecciones de candidatos nos puede perder en el vacuo electoralismo y poco más.

Y aun partiendo de esto, no son unas elecciones más. No lo son porque a pesar de todas las limitaciones del institucionalismo (burgués, hay que decirlo) podemos aprovechar la ocasión para mandar un mensaje a toda la gente que sufre, que no es poca: no estamos condenados a que nos gobiernen siempre los mismos, hay alternativa; sí se puede. Sin programa no hay proyecto, pero sin ilusión tampoco hay proyecto y el programa se reduce a una especie de carné de identidad, que no es poco pero sí insuficiente para cambiar el estado actual de cosas. En este sentido, que el bipartidismo (vocero y representante de la oligarquía financiera anteriormente mencionada) saliera indemne se traduciría en más desmoralización de la mayoría social que a pesar de no tener un arraigo ideológico sólido apuesta por un cambio. Si la llamada izquierda transformadora no es capaz de catalizar la indignación de esa mayoría en forma de ruptura democrática, será la extrema derecha quien lo haga apelando a un sentimiento más primario y a priori más efectivo: el miedo. Un miedo que se transforma en odio pero que no apunta hacia los de arriba, sino hacia los de al lado y los de abajo. Una buena definición sociológica del fascismo es el miedo del penúltimo al último. Una organización revolucionaria o transformadora nunca puede ser rehén de las prisas y perder el norte de su estrategia, pero eso no impide ser conscientes del momento de emergencia que vivimos. Como decía Gramsci, existe la tentación de que, al no tener la iniciativa en la lucha y acumular  demasiadas derrotas, apelemos al determinismo histórico como fuerza de resistencia moral: “He sido vencido momentáneamente, pero la fuerza de las cosas trabaja para mí y a la larga…”.

Se nos plantea ante nosotros la gran pregunta, imposible de abarcar en estas líneas: ¿Qué hacer? A este respecto solo pretendo aportar una breve reflexión. Los términos izquierda y derecha tienen su origen en la Revolución Francesa, y más concretamente en la Asamblea Nacional. En ésta los progresistas y los revolucionarios que defendían al pueblo llano se sentaban en la izquierda y los conservadores y los reaccionarios que defendían a los privilegiados se sentaban en la derecha. No hablamos de términos científicos aunque en muchos casos han conseguido representar nuestro discurso, sin olvidar que las palabras son metáforas para explicarlo (en nuestro caso la contradicción de clase capital/trabajo) y llegar a la gente con la que aspiramos a construir el proyecto de República democrática y social. Aquí está la clave. ¿Aspiramos a unir a esa magnífica pero minoritaria militancia que lleva toda su vida dejándose la piel y con suerte sumar a los votantes de izquierdas del PSOE, o aspiramos a ser mayoría? En el primer caso basta aquello de “parar a la derecha”, identificando ésta únicamente con el PP y legitimando así el sistema de partidos bipartidista cuya magia consiste en presentar dos opciones distintas, una de izquierdas y otra de derechas. Una pena que eso signifique, a mi juicio, seguir siendo por los siglos de los siglos la izquierda real y decente condenada a la marginalidad, o simplemente a la impotencia de no poder dar el ansiado sorpasso y romper el bipartidismo. Por otra parte, podemos asumir el reto de intentar constituirnos como mayoría, lo que significaría no solo aspirar al universitario con camisa de cuadros que se situaría perfectamente en los parámetros de la izquierda, sino aspirar también a esa mayoría social fragmentada y presa en muchos casos de la ideología antipolítica reaccionaria; hablo de amas de casa, de obreros que votaron al PP porque se sintieron traicionados por la izquierda, de jóvenes indignados que se abstendrán porque creen que todos son iguales y, en resumen, de una cantidad nada desdeñable de personas descontentas con sensibilidad de cambio pero con una confusión ideológica digna de estos tiempos líquidos.

Son tiempos de alianzas, qué duda cabe. Ahora bien, si renunciamos a concienciar y a organizar a una buena parte de la clase obrera que hoy en día no está con nosotros, tenemos poco que hacer. Unificar a la izquierda transformadora, a sus intelectuales y a la parte concienciada de eso que los liberales llaman clase media, está muy bien y es necesario. Pero sin una mayoría articulada en torno a los que mejor sufren la explotación del sistema dada su posición respecto al proceso productivo, efectivamente, tenemos poco que hacer.

Diez cuestiones sobre la candidatura Podemos

sábado, 18 de enero de 2014 · 0 comentarios




Dejo aquí unas cuestiones para dejar escrita, junto con lo esbozado hace unos días, mi opinión, no ya sobre el proyecto Podemos en sí, sino para intentar entenderlo, sin más. Con esto quedará todo dicho salvo catástrofe, porque tenemos cosas más importantes que hacer.


Una. Creo que los debates entre gente cercana no se pueden librar en tono beligerante, por lo cual no estaría demás que apeláramos a la prudencia. Independientemente de las discrepancias políticas, ideológicas, estratégicas, tácticas o programáticas, las gentes que nos ubicamos en la llamada “izquierda transformadora” estamos condenados a entendernos aunque solo sea de manera coyuntural o táctica. Creo que se entiende. Por otra parte, cuando alguien quiere ganar un debate de ideas poco favor se hace a sí mismo si se enroca en actitudes acrimoniosas que imposibilitan precisamente un debate de ideas.


Dos. Los debates no son una opción, una posibilidad: son estrictamente necesarios. Nadie se puede ofender porque alguien abra un debate, del mismo modo nadie que abra un debate se puede ofender porque la gente entre en él; de hecho esa es la intención. El proyecto Podemos es legítimo y sus impulsores tienen todo el derecho del mundo a participar fuera de IU, salvo que declararan a ésta amor eterno o firmaran un contrato vitalicio de lealtad, que no lo  creo. Podemos apelar a cuestiones de moralidad o de principios, o incluso de responsabilidad, pero eso es como apelar a Maquiavelo de manera sesgada: poca cosa.


Tres. He visto prácticamente todos los programas de La Tuerka desde el principio, he leído los libros de sus principales impulsores y muchos de sus artículos (hablo de Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón e incluso Santiago Alba Rico) y he escuchado sus charlas (algunas en persona, otras por internet). Soy concejal de un pueblo campesino de 1.300 habitantes en el que IU tenía 4 votos en las generales antes de presentar candidatura, por lo que sé la dureza de la realpolitik y sus contradicciones. No vivo en una atalaya ni soy ningún dogmático que da lecciones sin mojarse. Por eso puedo hablar y lo hago.


Cuatro. Mencionar el protagonismo de los medios de comunicación (y en qué consisten éstos) en la proyección de esta candidatura no es ser un sectario, es ser marxista. La clase económicamente dominante se erige como clase política e ideológicamente dominante a través del Estado y sus aparatos ideológicos, ya que no solo nos dominan mediante la fuerza sino también mediante el consentimiento. Es aquí donde entran en juego elementos como la cultura, la educación, la iglesia o los medios de comunicación. Ya Engels advirtió que, por cuestiones de tiempo y espacio, no pudieron hacer tanto hincapié en los elementos de la superestructura que ejercen influencia en las distintas luchas. Fue Gramsci, muy recurrido por los impulsores de Podemos, el que hizo un trabajo más laborioso sobre estas cuestiones, releyendo a Maquiavelo. No me resisto, llegados a este punto, a mostrar mi asombro con el uso tan ligero que hacen los impulsores del término “sentido común”, definido precisamente por Gramsci como la visión del mundo hegemónica, es decir, la ideología dominante asumida por las “clases subalternas”. Tampoco me resisto a citar al maestro florentino, aunque sea de paso y con perdón:


Cinco. “Si los grandes ven que no les es posible resistir al pueblo, comienzan por formar una gran reputación a uno de ellos, y, dirigiendo todas las miradas hacia él, acaban por hacerle príncipe. A fin de poder dar, a la sombra de su soberanía, rienda suelta a sus deseos.” (Maquiavelo, El Príncipe)


Seis. En política siempre hay que intentar hablar de programas y proyectos, evitando hablar de personas. La historia es la historia de la lucha de clases. Es el resultado de esas luchas el que hace avanzar las sociedades. La historia la hacen los pueblos, nunca los líderes. La solución es colectiva y no pasa por una “regeneración” (o "transformismo" en términos gramscianos) de los dirigentes, sino por un proyecto radicalmente alternativo ya que Rajoy solo es un capataz, un títere, de la oligarquía financiera. Hablar de esto no es una cuestión meramente estética, es hacer pedagogía y señalar el verdadero problema: da exactamente igual que se quite Rajoy y entre Rubalcaba o un intelectual brillante que hable muy bien si detrás no hay un pueblo organizado dispuesto a dar la batalla para aplicar un programa anticapitalista enmarcado en un proyecto alternativo de país. No quito importancia a los liderazgos; la historia del movimiento obrero está llena de ellos. Lo que digo es que cuidado con las prisas, que esto no lo soluciona ningún líder carismático. Pensar eso es tan absurdo como pensar que un programa en sí, solo, es la solución.


Siete. Bajo mi punto de vista, el mensaje debe ser precisamente el contrario. La solución debe ser colectiva, por lo tanto de lo que se trata es de empezar por abajo, por explicarle a la gente llana que si no se involucra no hay nada que hacer porque nadie le va a sacar las castañas del fuego, porque aunque quisieran no podrían. Esto significa ir pueblo a pueblo, barrio a barrio, casa a casa, con pedagogía y capacidad didáctica, explicándole a la gente que tenemos que ponernos de acuerdo en torno a un programa, un proyecto y la ilusión de cambiar el estado actual de cosas. Esto es exactamente lo que han hecho los comunistas toda la vida, con especial mención durante el franquismo, donde había un comunista organizando allá donde había un colectivo de gente; en la fábrica, en la universidad o en una asociación de vecinos. Algo parecido a esto es lo que propone el Frente Cívico, muy distinto a “obligar a pactar a IU una lista electoral”, como el propio Pablo Iglesias dijo. Es un trabajo laborioso pero no se puede empezar la casa por el tejado porque al segundo día el chasco sería estrepitoso.


Ocho. Dicho todo lo anterior, podemos plantearnos la primera pregunta clave: ¿Quiénes son los impulsores de la candidatura? En resumen nos encontramos ante una organización trotskista (no utilizo trotskista despectivamente sino como intento de catalogación ideológica), IA, que desde que se salió de IU va de fracaso electoral en fracaso electoral, apoyando (aunque sea implícitamente o con “mano izquierda”) intervenciones imperialistas en Siria o Libia y poco más; un ex-asesor de Llamazares en los “tiempos de plomo” de IU que dejó escrito hace no mucho que “la agitación social” no puede ser liderada por el PCE porque eso sería repetir el error de 1986 con IU; y unos intelectuales cuyo principal referente es Toni Negri, un “marxista posmoderno” que niega la vigencia del imperialismo o de la clase obrera como sujeto histórico y votó sí al referéndum de la Constitución Europea. En definitiva y resumiendo, los grandes impulsores de la candidatura se podrían catalogar dentro de la izquierda posmoderna, anti-partido y movimientista; por eso se puede empezar una candidatura por arriba, la organización y el programa son lo de menos: “el objetivo final no es nada: el movimiento lo es todo”. Curiosa “nueva política” que ya fue defendida por Bernstein hace más de un siglo y rebatida por Lenin. Y alguien puede decir: Lenin también es viejo. Cierto, pero el leninismo ha instruido unas cuantas revoluciones y además sigue inspirando otras. La “nueva política” que barra con “lo viejo” todavía no ha hecho ninguna, que yo sepa.  También podría decir alguien: IU no es leninista, ni siquiera el PCE. Y tendría razón, pero al menos yo no creo que los comunistas podamos no militar en ninguna organización (como dice Pablo Iglesias, por cierto), aunque esté ésta en reconstrucción, con todas sus contradicciones. Creo que los comunistas tenemos que militar en el PC y aspirar a que éste sea el partido hegemónico y director dentro de cualquier Frente. Es una aspiración tan legítima como la de quienes pretenden que su partido, corriente o fracción sea hegemónica.


Nueve. Cómo y para qué. Primera hipótesis. Antes de nada, he de decir que el discurso de Pablo Iglesias en la presentación me pareció honesto. Dijo casi literalmente que él lo que quería era “forzar” a IU para que realizara unas primarias en las que él competiría lealmente con el resto de candidatos. No me interesa tanto la presentación en concreto o el órdago en general, sino qué saldría en caso de que IU aceptara o no aceptara, partiendo de los presupuestos ideológicos anteriores. En el primer caso, algunos intentos irían dirigidos a desplazar al PCE como fuerza hegemónica dentro de IU (más claro no lo pudo escribir Monedero), todo ello avalado con un discurso “fresco” (Pablo Iglesias propuso en sus tiempos por la UJCE cambiar La Internacional por una versión de Aprendiendo a luchar de Reincidentes, por cierto) contra “las viejas maneras de hacer política”, en aras de la “regeneración” y los “nuevos liderazgos”, y en detrimento de la “casta burocrática”. El caso es que ya tuvimos una IU en la que el PCE no era hegemónico y acabó con dos diputados. Es curioso que por aquellos entonces, al borde de la desaparición, apenas había gente de fuera que daba consejos. Es justo ahora que IU remonta, aunque sea de manera lenta e insuficiente, cuando todos vienen a darnos consejos (bienvenidos, por otra parte).


Segunda hipótesis. Es probable que el órdago se lance de una manera calculadamente inasumible por parte de IU (aquí un par de pinceladas sobre lo de las primarias) para que, en caso de no llegar a ningún acuerdo, esté justificada la participación fuera de IU. En ese caso tendríamos en España un nuevo Bloque de Izquierda como el portugués: una amalgama de trotskistas, socialdemócratas enfadados y algún “maoísta” despistado, que  se dirige con bastante éxito al “precariado” (la nueva clase social), principalmente a los universitarios, pero cuya falta de organización e implantación social, hace que se tambalee incluso electoralmente, como en las últimas elecciones portuguesas.


Tercera hipótesis. Podemos converge de manera democrática con IU (la democracia no es solo la integración de la minoría, también es la dirección de la mayoría; la democracia también es material, numérica), que da más protagonismo a un programa anticapitalista y a sus bases que a personas concretas, reforzando un proyecto más ilusionante con capacidad de ser mayoría y transformar, con el socialismo como horizonte. Conozco gente intelectualmente honesta y con un bagaje ideológico importante que conocen de cerca la iniciativa y la verdadera intención de sus promotores. Según comentan, esa tercera hipótesis es probable y deseable por todas las partes. Espero que así sea, por mi parte encantado.


Diez. A día de hoy el campesino Cayo Lara es el político mejor valorado de España. Con todas las campañas en contra, sin publicidad y sometiéndolo a terceros grados cada vez que pisa un plató, no está nada mal. Yo conozco a mucha gente “normal” a la que le gusta porque es un hombre, cercano y humilde, de pueblo. A lo mejor el problema es que nosotros nos movemos en unas coordenadas discursivas e intelectuales distintas y nosotros, en nombre de la mayoría, pedimos otra cosa. Y cuidado porque Julio Anguita siempre fue el líder más valorado también en una crisis tremenda del PSOE y no por ello cosechó demasiados votos. Con esto solo quiero decir que especular en torno a personalidades o liderazgos es poco menos que perder el tiempo.

P. S. No puedo irme sin decirlo. La comparación con lo ocurrió en los años noventa en Venezuela, con el declive del puntofijismo y la emergencia de una opción populista y democrática, no se sostiene. El propio Pablo Iglesias siempre ha dicho que en España es prácticamente imposible y que eso no funcionaría. En cualquier caso, y poniéndonos tiquismiquis, la única ¿similitud? es que dentro del Gran Polo Patriótico había un partido llamado PODEMOS (Por la Democracia Social) que en 2008 “saltó la talanqueta” (una manera que tienen los venezolanos de decir que se pasó al enemigo) votando no en el referéndum constitucional e integrándose en 2009 a la MUD de Henrique Capriles (aunque finalmente volvieron al Gran Polo Patriótico, alegando que “la unidad es nuestra premisa ideológica, de Patria”).

Cuando “lo nuevo” es más viejo que “lo viejo”

martes, 14 de enero de 2014 · 0 comentarios



Todas las gentes que aspiramos a superar el estado actual de cosas debemos hacer autocrítica, especialmente la gente que militamos en organizaciones con y por ese propósito. Sin autocrítica no hay transformación posible. Bienvenida sea cualquier crítica inspirada en un juicio científico, siempre.


La crisis de régimen tiene dos caras. La primera es más fácil de constatar, ya que está atravesada por un deterioro de nuestras condiciones materiales tan grande que se puede tocar con las manos (paro, desahucios, hambre, pobreza…); es una crisis del sistema económico, pero también del sistema político (bipartidismo, monarquía…) y del consenso social en torno a las grandes ideologías del “franquismo sociológico” unificadas en una: no te metas en política. La segunda, por otra parte, pone de relieve la incapacidad de la “izquierda transformadora” de poner encima de la mesa un programa, un proyecto y la ilusión necesaria para canalizar la indignación mayoritaria en forma de ruptura democrática.


Vivimos tiempos líquidos en los que prima la pose, el envoltorio, lo superficial y, en definitiva, el continente sobre el contenido. El delirio de la posmodernidad se ha impuesto también sobre la política, como no podía ser de otra forma. Se acabaron los grandes relatos, empezando por ese que tantas revoluciones (con sus respectivas conquistas) alentó el siglo pasado: la contradicción capital/trabajo. Como empezaron a vislumbrar los grandes intelectuales de la izquierda posmoderna, padres de la hoy “nueva izquierda”, conceptos como imperialismo o clase obrera están obsoletos; ni que decir tiene la propia existencia del PC, aparato burocrático copado por cuatro desfasados aferrados a la bandera. Damos más importancia a la capacidad retórica de un señor antes que a un programa o a una convergencia democrática. Pasamos de organizarnos porque hay que cabalgar contradicciones, salvo las que se dan dentro de una propia organización, porque eso es un tostón. Y viejo. Lo nuevo es una columna en Público. Hoy la contradicción que mueve el mundo es lo nuevo contra lo viejo.


Y ya en serio. ¿Qué es lo viejo? O más concretamente: ¿Qué es la “vieja política” de la izquierda? Para resumirla, algunos rasgos característicos que se han dado, al menos en determinados momentos, en las organizaciones de la vieja izquierda, empezando por las mías, totalmente incompatibles y a combatir:


Personalismos alimentados por el ego y las ambiciones de cada uno, unas más legítimas que otras;


Falta de democracia interna y de respeto a los militantes apuntalando “pactos por arriba”;


Electoralismo vacío sacrificando la convergencia social y programática desde abajo;


Desprecio a las clases populares mayoritarias implícito presentando a intelectuales académicos como salvadores;


Desprecio a las asambleas de base y los órganos internos dando prioridad a los medios de comunicación del capital;


Operaciones tacticistas o cortoplacistas, oportunistas en cualquier caso, que lejos de debilitar al capital y sus representantes, lo ha fortalecido;


Para qué seguir...


No hay que ser muy astuto para percatarse de que las viejas organizaciones de la izquierda han cometido y siguen cometiendo errores de bulto, de ahí que no seamos capaces de ofrecer una respuesta directamente proporcional a la agresión que sufrimos la mayoría social. Del mismo modo, no hay que ser muy astuto para percatarse de que la Operación Coleta nace como Benjamin Button: vieja. El movimiento encabezado por Pablo Iglesias, escoltado por el exllamazarista Monedero o el filósofo pro-OTAN Alba Rico, nucleado por la organización trotskista Izquierda Anticapitalista, y emitido como exclusiva en la cadena de Berlusconi y en la web de Roures, tendrá un discurso “fresco” o “nuevo”, pero también las peores prácticas de la “vieja política” de la izquierda.


Algunos nos resistimos a entregar la cuchara. Seremos unos trasnochados, anticuados o simplemente  viejos, pero como decía María Teresa León, lo viejo es rebelarse, lo nuevo es saber por qué. Si todos nos rebelamos por lo mismo (una sociedad sin clases), nos veremos en el pedregoso camino y lo andaremos juntos hasta la victoria. Esperemos que esto solo sea empezar con mala pata, sin más.