sábado, 10 de junio de 2017

Gramsci y el leninismo hoy


Perry Anderson popularizó las particularidades de un marxismo occidental que otorgaba una importancia mayor a las cuestiones superestructurales y al momento de la subjetividad. Por cuestiones de tiempo y espacio, Marx y Engels dedicaron casi todo su trabajo a estudiar las cuestiones relacionadas con la infraestructura económica, lo que permitió que sus alumnos desarrollaran una visión tosca y determinista que no atendía a cuestiones como la ideología o la cultura. Aunque la Revolución Rusa era precisamente una revolución «contra El Capital» y rompía los esquemas deterministas del marxismo ortodoxo, no se extrajeron las conclusiones más útiles al creer que dicho proceso podría exportarse en sociedades radicalmente distintas. Fruto de las distintas derrotas que se produjeron tras el octubre bolchevique y en una constante pugna contra el determinismo, la obra gramsciana se erigió como el máximo exponente del denominado marxismo occidental

Lo que para el historiador inglés fue una distinción principalmente analítica se convirtió a posteriori en la coartada para presentar un marxismo oriental, con el bolchevismo como paradigma, relacionado con el asalto y la coerción, y un marxismo occidental, con Gramsci a la cabeza, relacionado con la hegemonía y el consentimiento. Si bien es cierto que esta distinción no es completamente errónea, es incapaz de hacer un análisis profundo y está impregnada de un cierto determinismo. Se utilizó para contraponer a un Lenin desfasado y un Gramsci amable con tendencias socialdemócratas. Una contraposición artificial que no sólo oculta la admiración de Gramsci por Lenin, sino –y más importante– el vínculo y el desarrollo de la obra leninista realizada por el sardo en un contexto diferente al de una Rusia semifeudal.

Gramsci hace un análisis profundo de las sociedades con un capitalismo desarrollado en las que el Estado no es sólo una máquina de coerción que garantiza la administración de los negocios comunes de la clase dominante. Enriquece la definición añadiendo a la sociedad civil como el conjunto de espacios en los que se reproduce ideología, que ya no es sólo falsa conciencia sino una visión del mundo, un esquema de valores, un sentido común. En las sociedades desarrolladas no sólo –ni principalmente– se gobierna mediante la coerción, sino a través del consenso. Gramsci toma la incipiente definición de hegemonía desarrollada por Lenin (le reconoce como el principal teórico de la hegemonía y ésta como su gran aportación) y la amplía de la habilidad para estrechar alianzas a la capacidad para dotar éstas de un proyecto ideológico y ético-cultural común.

El mismo Lenin reconoce a tan sólo un año de la victoria bolchevique que la exportación mecánica de la guerra de maniobras sería un suicidio político en sociedades donde las clases trabajadoras han desarrollado una cultura política democrática. Este reconocimiento se plasma, según Gramsci, en la estrategia del frente único adoptada por la Internacional. El italiano desarrolla la estrategia de la guerra de maniobras, más trabajosa a largo plazo. Del choque frontal había que pasar a la ocupación de casamatas y fortalezas, a la construcción de trincheras en la sociedad civil. A la construcción, en definitiva, de una visión del mundo autónoma, dando la lucha ideológica por la hegemonía en todos los espacios en los que la política esté presente. Aunque el dirigente sardo pone especial atención a los procesos superestructurales no desliga el concepto de hegemonía de la economía, pues ésta debe ser también económica para que sea real, profunda y efectiva. De hecho, un programa económico es en última instancia la mejor expresión del proyecto de reforma moral e intelectual.

Aunque Gramsci rellena huecos hasta entonces vacíos, no rompe con el leninismo sino que parte de su análisis concreto de la realidad concreta y establece el reconocimiento nacional exhaustivo como conditio sine qua non para el éxito revolucionario. No existen fórmulas mágicas ni estrategias exportables de manera mecánica. Cada contexto necesita un análisis propio y, partiendo de éste, una estrategia propia. A pesar del lenguaje beligerante hasta el insulto y de la pugna dialéctica constante que impidieron en ocasiones mayor finura en sus textos, Lenin se convierte en el Presidente del primer país socialista de la historia no por la grandilocuencia de sus afirmaciones sino por su capacidad analítica y estratégica. Si no se hubiera desmarcado del reformismo determinista (la posición ortodoxa del momento) no habría dirigido al proletariado ruso en su emancipación, le habría regañado por su impertinencia al no respetar la inmadurez del desarrollo de las fuerzas productivas y de las condiciones objetivas.

El Lenin inteligente y dialéctico, imposible de entender mediante citas, es el que Gramsci recoge y desarrolla hasta el punto de convertirse en su alumno más brillante. A pesar de lo que pudiera parecer a simple vista, el hecho de que el italiano desarrollara conceptos ya estudiados, innovara partiendo de ellos y pusiera mayor énfasis en otras cuestiones, es lo que precisamente une a ambos dirigentes. De la misma manera, lo que lo unía a Marx era la afirmación de que éste no era un pastor con báculo que dejó una ristra de recetas indiscutibles y fuera de las categorías del tiempo y del espacio. De todo se debe dudar. Y más de la supuesta capacidad taumatúrgica que se esconde detrás de los epítetos en política. No se puede ser leninista sin ser gramsciano.


P. S. Gramsci entiende que la tarea más importante del Partido como intelectual colectivo es la construcción de una visión del mundo propia, pues la política, en realidad, es una lucha permanente por la hegemonía. El Partido no es sólo una organización jurídica-administrativa sino todo el bloque social del que forma parte y aspira a dirigir. Si un Partido no entiende su propia magnitud caerá, conscientemente o no, en posiciones sectarias.  

sábado, 18 de febrero de 2017

Resident Evil 7, la Bruja de Blair y otros clásicos de terror


Los fans de Resident Evil nos dividimos en dos grupos bien diferenciados y a veces irreconciliables: los clásicos y los de nueva generación. Los clásicos nos referenciamos en los tres primeros juegos, a los que habría que añadir el Code Veronica y el Zero. Puro survival horror en los que abundaban los puzles y faltaban municiones. El Resident Evil 4 supuso un giro hacia el género shooter que no hizo sino afianzarse con las entregas quinta y sexta y el puñado de spin off. Resident Evil sucumbía ante el principio de vender a toda costa. Aunque cosechaba opiniones negativas de la crítica y de los jugadores de la saga más experimentados, lo cierto es que cada vez vendía más. La modesta acogida que tuvo el Resident Evil 0 y el remake del 1 (en 2002 ambos) hacían presagiar el final de un estilo. Una década más tarde, lo mismo ocurrió tras el Resident Evil 6 (2012).

La demo del Resident Evil 7 salió el verano pasado y generó un revuelo insólito. Nadie sabía qué era aquello. La sensación era nueva y enigmática. No pasaba nada y, sin embargo, generaba desasosiego. Había dos grandes referencias: la secuela VHS, estrenada en 2012, y El proyecto de la Bruja de Blair, estrenada en 1999. El formato en primera persona, mezclado con el metraje encontrado, funcionaba. El intrépido periodista de la demo contra la pared era un guiño poco sutil y efectivo que, sin mostrarnos demasiado, nos decía que allí pasaba algo. Recuerdo que la primera vez que vi El proyecto de la Bruja de Blair me pregunté qué mierda era eso (antes no leí ni la sinopsis ni nada sobre su universo). No me dio miedo porque esperaba algo, y ese algo nunca llegó. Me pareció un timo. Sin embargo, tras ver a ese intrépido periodista llamado Andre contra la pared volví a verla, sabiendo ya toda la historia de la Bruja de Blair. Tras el segundo visionado me pareció una maravilla y una película aterradora… si crees. La película, sin todo el revuelo que se armó, no vale nada. Sin esa supuesta veracidad de los hechos, sin la leyenda, sin creer, no vale nada. Sin embargo, si te dejas atrapar por el universo y la atmósfera, estamos ante una de las mejores películas de terror de la historia. En un género dominado por el screamer, que una película pueda asustar sin que salga ni un solo «monstruo» es una proeza. Que utilizara técnicas de marketing sofisticadas para la época o que el material no sea técnicamente superior al que puedas grabar tú una noche de borrachera con tus amigos, no es algo necesariamente malo sobre la película.

El juego final de Resident Evil 7 está cargado de referencias cinematográficas, unas sutiles y otras más explícitas. El plano aéreo del comienzo recuerda a la fastuosa primera temporada de True detective (repleta, a su vez, de guiños a H. P. Lovecraft) y al propio comienzo de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Desde el primer minuto somos conscientes de que estamos en un sitio alejado de la mano de Dios. El desarrollo del juego nos va dejando guiños al cine de George A. Romero (aunque no tantos como en los tres primeros juegos), a Posesión infernal (Sam Raimi, 1981), La casa de los 1000 cadáveres (Rob Zombie, 2003), Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977),  REC (Jaume Balagaró y Paco Plaza, 2007) o a la saga Saw inaugurada por James Wan. Una parte importante de la trama es algo más que un guiño a La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974): es un homenaje. En una casa rural, apartada, vive una familia de locos que no dudarán en utilizar cualquier utensilio que sea necesario para hacernos sufrir…

El otro día vi Blair Witch (Adam Wingard, 2016), la secuela que nadie pidió de El proyecto de la Bruja de Blair. Aun siendo una obra menor y predecible, el formato metraje encontrado sigue funcionando. La sensación al entrar en la casa, visual y estéticamente similar a la de los Baker, es de vulnerabilidad total. La misma sensación que en el juego. Ya no eres un profesional de la élite militar, sino una persona corriente, con las limitaciones que eso supone. El comprensible escepticismo en torno a la opción de primera persona ha sido superado por la realidad del juego. Funciona. En ningún momento abandonas la sensación de indefensión, imprescindible en cualquier survival horror que se precie. La iluminación (su falta, más bien), los escenarios siniestros y el sonido ambientación contribuyen a ello. Resident Evil 7 triunfa y lo hace por méritos propios: ni es el Silent Hills P. T. ni el Outlast. De hecho, es el Resident Evil más genuino desde el remake del 1. Tiene sus debilidades, como unos puzles insultantemente fáciles o el suministro de objetos en cajas de madera, algo superficial y fuera de tono, pero logra volver a los orígenes desde una nueva perspectiva. Sigue la estela de la saga, pero al mismo tiempo funciona de reboot. Tira el agua sucia, pero no el niño. Sus incógnitas, toda la información que queda en el aire, no es un punto débil sino una fortaleza: Resident Evil 7 abre una nueva etapa. 

Y no, de las películas de Resident Evil mejor no hablar.

lunes, 9 de enero de 2017

Podemos ante el Rubicón


No se puede entender Podemos sin su núcleo dirigente, un grupo de personas con tiempo y capacidad intelectual para desarrollar un arma política-mediática sofisticada capaz de canalizar electoralmente el descontento social. Sin embargo, lo que en un principio era la grandeza de Podemos –ese núcleo dirigente–, se convertía al mismo tiempo en su debilidad. Es cierto que los representantes de la vieja política se matan por un cargo o una liberación, cosa que debería abochornar a cualquier persona decente pero que se queda en la categoría de anécdota en comparación con el comportamiento de los académicos. Un político profesional puede vender su alma por un sueldo, pero un académico es capaz de rechazar un cheque en blanco y, sin embargo, venderla por una columna o una simple caricia por el lomo. La vanidad. Un intelectual no puede asumir ni una derrota ni una segunda fila. Que la realidad no te estropee un buen discurso. Este origen académico de los dirigentes de Podemos explica al menos en parte el espectáculo deleznable que están ofreciendo unos y otros de cara al Vistalegre II. Hay que reconocerles su aportación a la política española: han inventado nuevas formas de beef. También tienen algo de raperos.

Más en serio, podemos advertir la importancia que se esconde detrás del duelo al sol entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, definidos de manera acertada como un político intelectual y un intelectual político, respectivamente. No caben complejos. Si en España existe una posibilidad de cambio y todavía no se ha resuelto definitivamente la pugna entre la restauración y la ruptura democrática, es gracias a Podemos. Con independencia de que te caigan bien, te gusten poco o los odies a muerte. No estamos ante un «empate catastrófico», pero existe un sujeto político transformador con cinco millones de votos y 71 diputados. Lo verdaderamente dramático de las tiraeras entre dirigentes es que, sean conscientes o no, están despreciando a un fenómeno histórico sin precedentes en España y sin homólogos en Europa. La vanidad intelectual hace imposible la autocontención justo en el momento en que el PSOE queda desnudo. Para algún dirigente es más importante su biografía que las condiciones de vida de la gente humilde que sufre la crisis. Detrás del comportamiento personal siempre hay una explicación poliédrica, política e ideológica.

En el fondo de todos los acontecimientos políticos que se han desarrollado estos años se escondía soterrada la lucha entre la restauración y la ruptura democrática. Unidos Podemos sigue siendo una «anomalía» que pone en peligro el éxito de la restauración: la vuelta al turnismo bipartidista en el plano político, el pespunteo de la costura territorial en el plano estatal y el sometimiento de las clases populares ante una perspectiva económica poco halagüeña en el plano social. Si Unidos Podemos pone todo su potencial al servicio de una estrategia rupturista, puede evitar que la restauración culmine sin que al menos sus representantes salgan indemnes. Esta pugna entre restauración y ruptura democrática también se libra dentro de Unidos Podemos. Ningún dirigente político es ajeno a ella. Una vez asumido el crecimiento fulminante de Podemos, el objetivo del poder fue su integración. Asumieron su existencia –no sin dificultades– pero utilizaron toda su artillería sobre sus dirigentes para amedrentarlos. No pudieron con Pablo Iglesias y fracasó la política de cooptación: la primera gran prueba fue el pacto con el PSOE y Ciudadanos. Íñigo Errejón luchó por permitir el gobierno «del cambio» y, desde la oposición, arrancar políticas progresistas. A pesar de las diferencias estéticas y discursivas, no hay diferencias profundas entre el carrillismo-llamazarismo y el errejonismo. No se trata ya de romper el bipartidismo por su eslabón más débil sino de luchar contra la derecha (el PP) aceptando al PSOE como un hermano mayor díscolo al que hay que atraer a posiciones de izquierdas (de «cambio»). La estrategia errejonista rompe con la acertada transversalidad. Paradójicamente, es un retorno a posiciones pre15-M. Es un retorno, paradójicamente, a posiciones de la «vieja izquierda». La transversalidad fue un éxito porque recogía a toda esa amalgama de gente que sin un arraigo ideológico sólido tenía sensibilidad constituyente. Gente diversa, de distintas procedencias y distintas sensibilidades que se identificaba en el nosotros pero sobre todo contra el ellos (la casta). La estrategia de moderación y respetabilidad barre ese antagonismo convirtiendo a Podemos en otro partido más. Concretamente, en otro partido a la izquierda del PSOE más. De nuevo se piensa en pequeño: se abandonan a esos millones de personas que más sufren las crisis y actualmente están en la abstención y se miman a los «votantes de izquierdas» del PSOE. Detrás de la sofisticación retórica, se esconde una estrategia que lleva fracasando alrededor de 40 años, desde que Carrillo empezó a tirar por la ventana el equipaje para «no dar miedo». El poder no gana hasta que la oposición asume su discurso.

Todo muy viejo. Alguien dirá que no hay diferencias políticas entre ambos dirigentes, o no tan agudas. Puede ser, pero en ese caso la situación sería más grave, ya que estaríamos ante un intento poco sutil de matar al padre para pelearse por la herencia. No creo que se puedan separar ambas luchas, la ideológica y la de reparto interno. Lo que parece claro es que Pablo Iglesias resistió los envites del poder y ahora debe hacer lo propio dentro, mientras ese mismo poder se frota las manos. A Julio Anguita consiguieron derribarlo desde dentro gracias a una perversa alianza entre sus adversarios internos y externos. Iglesias cuenta con la ventaja que otorga una perspectiva histórica cargada de fracasos. Resistir es vencer. Los medios de comunicación se han volcado con Íñigo Errejón y la red de liberados que tejió Sergio Pascual durante un año a lo largo y ancho del país, provincia a provincia, a través de dedazos, purgas y vetos. Es difícil luchar contra gente que antepone su sillón al interés general. Gente que decía estar de paso pero se le viene el mundo encima si son relevados del cargo. Es la magia de unas instituciones hechas precisamente para que quienes vengan a cambiarlas acaben agarrándose con uñas y dientes a ellas. Institucionalismo y transformismo van de la mano. Un partido se agarra a lo que tiene: o a una red de cargos institucionales o a un movimiento popular tejido barrio a barrio (o lo deseable: a ambas, con el contrapeso rector y corrector que supone lo segundo). Después del 26J, si creen que al poder se le puede vencer con un giro lingüístico y tres eslóganes, sueñen con Errejón. Recuerden la evolución estética de Melendi y pregúntense si sirvió para algo más que para desnaturalizarse hasta el ridículo. Piensen, por el contrario, en Estopa. Solo siendo uno mismo, sin complejos, se puede conquistar el corazón de la gente humilde.

Para combatir el poder en unas condiciones a todas luces desfavorables hace falta una importante capacidad intelectual, pero también agallas. Coraje. Rapeaba Mucho Muchacho: «Mamá, mira nuestras caras…».

miércoles, 9 de noviembre de 2016

10 cuestiones sobre la victoria de Trump: ¿resucitó la clase obrera?


1. El conjunto de analistas y politólogos biempensantes, es decir, el 99% que copan tertulias en TV y radio así como las editoriales de todos los periódicos, suele seguir un método: primero menosprecian al rival, cuando éste avanza dicen que es imposible que gane, y cuando gana la culpa es de los votantes, que son tontos. Ese 99% de analistas y politólogos forma un conjunto heterodoxo entre conservadores, liberales y social-liberales. Nos marcan los límites de lo posible: lo que ocurre fuera de esos límites es siempre algo raro, excéntrico y, por supuesto, indeseable.

2. Todo lo que se mueva fuera de esos límites que marcan los cánones de la llamada democracia representativa, es populismo. El populismo es denigrado porque es entendido como una apelación directa y emocional (“irracional”) a los que sufren. Así, el electorado se conformaría entre los votantes biempensantes, que hacen caso a analistas y politólogos biempensantes, y votan “lo normal”, que puede haber destrozado la vida de millones de personas pero es “lo serio”, mientras el resto pierden el sentido de la responsabilidad cayendo en la “demagogia”. En resumen, lo que se intenta decir es que quienes votan a los representantes del establishment tienen buen juicio político y el resto no. Algo absurdo por lo general, pero insultante en tiempos de desconexión absoluta entre instituciones-partidos y votantes (ciudadanía en general).

3. Es importante incidir en que se han equivocado todos. Han vuelto a hacer el ridículo. No puede ser casualidad que se hayan equivocado, en un breve período de tiempo, con: Podemos, Sanders, Corbyn, Brexit y Trump. ¿Acaso se han vuelto unos inútiles? No, el problema de fondo es que son incapaces de entender aquello que se sale de los parámetros que explicaban un mundo que ya no existe. El problema de los socialdemócratas no es que sean “más de derechas” que sus predecesores, sino que el actual contexto no les deja margen de maniobra para diferenciarse. Del mismo modo, liberales y social-liberales se han quedado sin herramientas para analizar y participar de forma exitosa en el nuevo contexto emergente.

4. La mera existencia de Trump –más allá del resultado electoral– es la prueba flagrante del fracaso del proceso de globalización iniciado en los años 70 de la mano del neoliberalismo, impuesto a sangre y fuego por las dictaduras militares en Latinoamérica, aunque diseñado en Chicago. El proceso de globalización fue acompañado de una coartada sociocultural: el multiculturalismo, en crisis agónica tras la ola de atentados yihadistas pero cuestionado anteriormente por las propias consecuencias de la globalización. Globalización, neoliberalismo y multiculturalismo, tres elementos en crisis (que, por cierto, fueron la salida a una crisis, la de los 70) imprescindibles de entender para analizar los fenómenos Trump, Brexit o Le Pen.

5. Ante estas crisis, los consensos se están rompiendo por los “extremos” (aunque utilizar la geografía centro-extremos no tenga mucho sentido). La gente percibe al “sistema”, en sus distintas acepciones o representaciones, como el problema, aunque muchas veces no lo identifique de manera directa o emplee un lenguaje propio. Resulta lógico que, entonces, la gente busque un “outsider”, alguien que venga de fuera y se enfrente de manera directa a las élites, el establishment, los lobos de Wall Street, la casta o la oligarquía. El populismo no es una ideología, sino una lógica de acción política en la que el antagonismo nosotros-ellos es imprescindible para que funcione. Trump era ese outsider. Resultaba patético ver cómo los analistas y expertos electorales intentaban analizar su propia presencia desde sus parámetros: ¡siempre lleva la chaqueta desabrochada de pie cuando eso es un error imperdonable!

6. Frente a Trump ha estado la peor candidata quizá de la historia. Pocas personas podían representar mejor que Clinton ese establishment corrupto y ese sistema en decadencia que una mayoría de gente sin un arraigo ideológico sólido quería cambiar. Más allá de su historial lleno de manchas, corruptelas y una lista de barbaridades en política internacional, en términos estrictamente político-electorales Clinton era una bicoca para Trump. El equipo demócrata soñaba con una campaña polarizada entre el centro y los extremos, la moderación y la radicalización. Sobrevaloraban la legitimidad del sistema y la paciencia de la gente. Otro escenario distinto se habría dado si Sanders hubiera ganado las primarias ya que él podría haber disputado el “corazón” de la clase obrera, que siempre ha sido la mayoría.

7. El milagro de estas elecciones no ha sido la victoria de Trump, sino la resurrección de la clase obrera. Hace tres días no existía porque fue barrida por el posfordismo (“en este país solíamos construir cosas”) y dio paso al precariado y demás clases emergentes que convertían a la clase obrera en una antigualla minoritaria por supuesto alejada de su antiguo papel central como dirigente de cualquier proceso de transformación. Hoy ha vuelto, eso sí, en forma de paletos blancos racistas. En estos días saldrán estudios sobre los votantes de cada partido: sexo, formación, centro-periferia, urbano-rural, etc. Pero hay una realidad que no se puede esconder: Trump ha ganado gracias al apoyo de las zonas que más han sufrido el proceso de globalización y desindustrialización. Los perdedores.

8. Se ha caricaturizado en exceso el perfil de Trump. Las ocurrencias y tonterías que pueda decir, así como las vergüenzas biográficas, no lo convierten en un “loco” o en el nuevo Hitler. Simplemente Trump es el resultado de los debates y las pugnas de las clases dominantes. Representa a una facción de la burguesía que no comulga con el viejo orden. A partir de ahora todos los expertos analistas que llevan años haciendo el ridículo nos dirán que el proteccionismo o la defensa de la economía nacional es xenofobia. No lo es, simplemente intentarán que no cunda el ejemplo porque si se diera en otro país importante se cargaría por completo el “orden internacional” (la Unión Europea en el caso de Francia). Cuentan con la inestimable ayuda de Trump cada vez que se refiere a latinos, afroamericanos o muros; por cierto, si quiere construir un muro tendrá que ponerlo encima del que construyó Bill Clinton.

9. No vale con lamentarse de que ganen personajes “populistas”, de “extrema derecha” o, en definitiva, indeseables desde nuestra perspectiva ideológica. Lo que vale es entender por qué eso ocurre y no caer en caricaturizaciones absurdas: todavía habrá quienes crean que nos alegramos de esta victoria simplemente por no caer en ellas. Son precisamente ellos los que las hacen posibles. En política no existen vacíos. La clase obrera desheredada, indefensa y sin referentes, será “conquistada” por alternativas de este tipo si la izquierda, a la que le corresponde esa tarea, no lo hace. El problema es que la mayoría de la izquierda se hizo liberal, se integró en el sistema, y a día de hoy ni tiene ni quiere una alternativa al statu quo. Su lucha es por los profesionales liberales, los universitarios, los funcionarios y los urbanitas. (Por cierto, en España ¿dónde están realmente los que faltan? ¿Están en el PSOE o en la abstención? ¿Quiénes son esos que están en la abstención?). Los demás, más lentitos, ya se darán cuenta más adelante y vendrán con papa. Qué lástima que esos demás sean la mayoría dentro de la mayoría social golpeada por la crisis.

10. Los teólogos de la moderación están de luto. Los que tienen miedo de levantar el puño, vaya que la gente se asuste, se suben al carro y dicen que Clinton era mala candidata o que hay que hacer pedagogía en los zonas obreras. Los que temían que la “retórica izquierdista” de Sanders restara votos. Los que esconden tras el escudo de la moderación su propio miedo. No han entendido nada.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Que dios nos perdone o el poso de Se7en



Que dios nos perdone es buena. Confirma que el cine español vive un gran momento (a pesar de Dani Rovira). Pero quizás lo más importante, sin quitarle mérito ni al director ni a las grandes actuaciones (en su línea De la Torre, enorme Álamo), sea que el poso que dejó SE7EN fue tan grande que creó un propio género aun hoy de actualidad. La grandeza del cine negro, policíaco, de mafias,... es que interpela a la sociedad, a las cloacas del Estado, al poder. (Para entender la política no hay que ver Borgen, hay que ver Gomorra).

SE7EN nos mostró un mundo en el que tenías que gritar "fuego" si te estaban violando porque si no nadie acudiría a socorrerte (años más tarde los gafas defenestraron a Gaspar Noé, intentando matar al mensajero, por su Irreversible). Que dios nos perdone nos enseña el mismo mundo podrido en el que se le abre antes el portal a un cartero comercial que a un policía. Deshumanización y nihilismo en un mundo en crisis (sin orden). En ese Madrid caluroso y asfixiante de 2011 nacen dos "monstruos" como respuestas en ese viejo mundo que no acaba de morir y el nuevo que no acaba de nacer: la Juventud del Papa y el 15M. La saña absolutamente innecesaria de los asesinos de las dos películas responde a la famosa frase de Dostoievski: "Si Dios está muerto, todo está permitido". Unos entienden por Dios el ser supremo, otros la seguridad, el orden o la moral.

Sin duda, estamos ante una de las mejores películas herederas de la obra maestra de David Fincher, por encima de títulos de resonancia como Fallen, El coleccionista de amantes, Copycat o El coleccionista de huesos.

De la anterior película de Sorogoyen, Stockholm (2013), escribí una crítica en FilmAffinity.

sábado, 22 de octubre de 2016

Crisis y corrupción en Gotham: el papel del capo Felipe González


En tiempos de crisis, grandes retos o decadencia, nacen –o son rescatados– los superhéroes. Éstos pueden trascender el ámbito de lo que se entiende como «cultural» e instalarse en el imaginario colectivo, representando la grandeza de una idea, un valor o un país. Los Estados Unidos son los grandes expertos en el tema, basta con hacer un rastreo histórico sobre la creación o recreación de unos superhéroes que son capaces de representar los intereses generales de un país. Mi favorito es Batman. La trilogía de Nolan ha sido lo mejor llevado al cine al menos hasta el momento. De sus películas se podrían extraer lecciones políticas notables, especialmente de la última: la representación de la Revolución como caos y anarquía, con las masas embrutecidas, la violencia, los juicios sumarísimos y el desorden acabando con cualquier resquicio de civilización: ¡podemos imaginar el fin del mundo, pero no el fin del capitalismo!

Dicho esto, buscar algo parecido a un superhéroe en el panorama político español sería una pérdida de tiempo. Resulta más interesante rescatar Gotham, una serie que pasó desapercibida y no fue del gusto de la crítica, que nos muestra la ciudad en la que el joven Bruce Wayne toma conciencia hasta enfundarse la capa. En definitiva, nos dice en qué y cómo está corrompida Gotham. Siendo una serie modesta sin más pretensión que el mero entretenimiento, nos enseña que es la mafia (encabezada por el capo Falcone) la que gobierna la ciudad y manda sobre políticos y policías. El capo Falcone, el verdadero alcalde de la ciudad, tiene un encontronazo con el honesto e impertinente policía Jim Gordon en el que da la clave para entender el famoso «golpe de estado» en el PSOE: «Soy un hombre de negocios. No puedes tener el crimen organizado sin orden ni ley». Más adelante añade: «Tu enemigo no es el sistema, es la anarquía». Entiéndase anarquía como eso que los liberales llamaron ingobernabilidad.

Estos meses están siendo los meses de las contradicciones y las paradojas. La estrategia de Pedro Sánchez siempre fue ir a unas terceras elecciones para demostrar a los poderes fácticos que era capaz de neutralizar a Unidos Podemos (¡mira mamá, sin manos!), pero esa estrategia ha resultado ser incompatible con los intereses de esos mismos poderes fácticos que no están dispuestos a correr el riesgo que suponen unas terceras elecciones y el inherente desgaste de éstas con independencia del resultado. Así, se ha dado la paradoja de que los intereses del «régimen del 78» han sido incompatibles con los intereses del que hasta ahora había sido su principal partido, el PSOE: el objetivo principal de éste sigue siendo marginar a Unidos Podemos para mantener el capital simbólico de la alternancia entre una derecha y una supuesta izquierda, pero el del régimen es la estabilidad, que inevitablemente pasa por una Gran Coalición en diferido. La estabilidad, nos dicen, es la garantía para que la economía vaya bien, de lo que hay que traducir, siguiendo a Falcone: la estabilidad es la garantía de que podamos seguir tanto robando como aplicando políticas que solo benefician a una élite privilegiada. Todo lo que no sea esa estabilidad es caos, anarquía y, por supuesto, mala imagen. Pero lo que llaman ingobernabilidad es la incapacidad que tienen los gobernantes para gobernar como antes y la indisposición de los gobernados a ser gobernados como antes. Ese es el cuestionamiento social sobre el que se sustenta la crisis de régimen, y difícilmente puede subsanarse con un equilibrio parlamentario. Claro que las instituciones no son la única herramienta, ni siquiera la más importante. Uno no se engancha a un proceso histórico mediante un número de espera como en la carnicería. Lo decía un ingenuo en La Marsellesa, la película sobre la Revolución Francesa de Jean Renoir: «No entiendo esta burocracia. ¿Un papel para hacer la revolución?».

Paradójico ha resultado, también, comprobar que quienes aspiramos a cambiar el estado actual de cosas hemos sido víctimas de nuestro propio momentum. Es decir, nuestra tarea es contribuir a la agudización de las contradicciones de que es víctima un sistema contradictorio per se, generar lo que ellos llaman despectivamente ingobernabilidad, pero al mismo tiempo este contexto nos ha cerrado el paso porque la gente ha pedido estabilidad. Ante el miedo al cambio la gente vuelve a lo de siempre. Virgencita que me quede como estoy. Primera lección política para los defensores de la amabilidad: contra el cambio que representaba Unidos Podemos no solo se alimentó el miedo, sino también –y principalmente– el odio. El odio de clase. La agudización de las contradicciones objetivas no ha ido acompañada de la agudización de las contradicciones subjetivas, es decir, de un proceso profundo de concienciación colectiva que sea capaz de dirigir la excepcionalidad en un sentido transformador y no conservador o reaccionario. A un poder económico no se le puede vencer con un giro lingüístico sino construyendo un contrapoder social. El viejo topo. En la importancia en este matiz radica la diferencia entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, por cierto.

Las huestes comandadas por Felipe González brindaron otra lección a los defensores de plegarse a lo realmente existente: hay cosas que solo parecen imposibles hasta que se hacen. Innumerables cargos, militantes y simpatizantes del PSOE defenderán mañana la necesidad de la abstención con la misma vehemencia con la que hace tres días decían que jamás, bajo ningún concepto, harían presidente al eterno enemigo. Hay cosas que se hacen, cae un chaparrón, se resiste, y acaban por naturalizarse. El poder de la valentía y el tesón en política, en este caso en un sentido negativo. Llevamos años defendiendo que tarde o temprano habría una Gran Coalición, aunque desconocíamos el formato, ya que PP y PSOE no son lo mismo (la importancia de la historia y el capital simbólico) pero tienen un programa económico similar: lo que manden los bancos. Ahora está por ver la capacidad de blindaje que tiene el bipartidismo. ¿Serán capaces de culminar una reforma gatopardiana, con una ley electoral de efectos mayoritarios, un nuevo encaje territorial y un toque cosmético de regeneración democrática que a la vez ponga punto y final a la corrupción de treinta años? ¿Seremos capaces de construir un contrapoder social lo suficientemente larvado como para romper ese blindaje? ¿Hacia dónde intentará moverse el PSOE: hacia el espacio del nacional-constitucionalismo, en el que el PP juega en casa, o hacia lo que ayer fue el espacio socialdemócrata, sin margen alguno de maniobra en la Unión Europea alemana?

Tiempos de contradicciones y paradojas. Tanto es así que el proceso de estos meses podría resumirse de la siguiente manera: el PP debe salvar al PSOE para mantener la estabilidad de un sistema basado en el turnismo y el PSOE no puede echar al PP del gobierno porque en ese caso no podrían ejercer las presiones de los aparatos del Estado para, entre otras cosas, encauzar los innumerables procesos judiciales abiertos: mucha gente acabaría durmiendo entre rejas. ¿Qué exageración? En tan solo un par de años el proceso judicial italiano de la Tangentópolis fulminó todo un sistema de partidos con más de cuarenta años de historia y a sus dos principales partidos: el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. ¿Paradójico, verdad? Dos supuestos enemigos condenados a entenderse hasta el punto de que la supervivencia de uno depende de la supervivencia del otro. «Y morirme contigo si te matas/ Y matarme contigo si te mueres».

Siempre resulta interesante atender a los movimientos que se producen en esa representación teatral en que se ha convertido la política mediático-parlamentaria. Pero lo que ha demostrado la defenestración de Pedro Sánchez es que apenas existe la «autonomía de lo político»: los dueños de los grandes bancos no pueden llamar al Secretario General y hacerlo dimitir, pero sí pueden llamar a Felipe González para que éste convoque al Séptimo de Caballería y lo hagan dimitir en un Comité Federal. El final ya se sabe, entre todos lo mataron y él solo se murió.

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