jueves, 2 de junio de 2016

Si eres de Unidos Podemos y quieres perder aquí tienes cinco breves consejos

La coalición Unidos Podemos compite contra sí misma, ya que el bloque dominante no es capaz de presentar nada nuevo. Partiendo de esto, la ilusión movilizadora de militantes y simpatizantes que sean capaces de llegar a gente hasta el momento ajena, será la clave. Por ello, si eres de Unidos Podemos y por algún motivo quieres que Unidos Podemos pierda las elecciones, basta con seguir estos cinco humildes -e irónicos- consejos. Si eres disciplinado y consigues que así se dieran los resultados, siempre puedes decir que tú ya te lo venías venir.

1. Luces cortas. Desecha cualquier estrategia a medio y largo plazo. Quédate en el cortoplacismo electoral y asume sus distintas e inevitables consecuencias. No existen los grandes proyectos, se acabaron las grandes narrativas, también en el ámbito de la política vive al día y no alces la vista mucho más allá; lo importante son las elecciones, pero sin enmarcar éstas en un proyecto estratégico mucho más amplio y sin tener en cuenta elementos infantiles como la crisis de régimen o la construcción de un bloque social hegemónico.

2. Prioridades. Las elecciones son importantes, pero sus triquiñuelas burocráticas, jurídicas o personales son aún más importantes. El objetivo no es la transformación social, o en caso de que lo fuera, debe quedar supeditado a, por ejemplo, las listas electorales. Si no es tu amigo o alguien con el mismo carné que tú el que, aun asumiendo un mismo programa, consigue un objetivo político compartido, no sirve de nada. Además, el hecho de que otro asuma lo que tú llevas diciendo mucho tiempo no es un éxito sino un fracaso, o algo mucho peor: un plagio de ese otro. No olvides que, en el fondo, no aspiras a construir una mayoría social con todas sus contradicciones sino a formar parte de una selecta élite con las ideas correctas. Consuélate con lo que dijo Godard: una minoría con las ideas correctas no es una minoría, aunque sea objetivamente tu «momentum».

3. Banderas. Dentro de los elementos importantes en un proceso electoral -algunos citados anteriormente- llevar la bandera más grande es uno de los requisitos imprescindibles. El objetivo no es que una mayoría social haga suyo tu programa y tus valores, sino tus símbolos. Lo importante no es el contenido, sino el continente. Quizá esto sea algo más propio de la posmodernidad -la pose, el plástico- que de la historia del movimiento obrero, pero cíñete a lo importante: la hegemonía se construye llevando más banderas que nadie aunque supuestamente te dirijas más allá de los ya convencidos, pero esto merece un comentario aparte. Llegados a este punto, es importante que te ofendas y hagas un paralelismo con la estrategia carrillista-posibilista de la Transición, aunque no tenga nada que ver una cosa con la otra, ni el contexto histórico. Si eres marxista, andaluz por ejemplo, olvida que tu objetivo no es ser ni la izquierda ni el cambio, sino Andalucía; déjale la bandera andaluza, de izquierdas como el andalucismo en su conjunto por cuestiones históricas, a los terratenientes.

4. Discurso. No hay ni crisis de régimen ni de hegemonía: los que mandan pueden mandar como antes y los dominados quieren ser dominados como antes. Las objetivas quizás sí, pero las condiciones subjetivas no existen para que una mayoría social con sensibilidad constituyente pero sin un arraigo ideológico sólido pueda erigirse en sujeto histórico-político. Dirígete a los ya convencidos, a los que no son unos borregos que, tontos ellos, no se identifican con tus símbolos. Da igual que objetivamente sean tus compañeros porque sufren las consecuencias de una crisis que no han provocado ellos, son unos desclasados que no merecen el respeto y el trabajo de una élite intelectual tan selecta como a la que perteneces. Como mucho dirígete a los votantes de izquierdas del PSOE.

5. Trabajo. Es importante que desde el inicio de la campaña –a ser posible desde la precampaña- intentes buscar el máximo número posible de errores y limitaciones, maximices los roces inherentes no solo a un proceso electoral sino a cualquier colectivo humano compuesto por gente que, aun asumiendo el núcleo del proyecto conjunto, son diferentes. Recuerda las prioridades. Si por azares de la vida no te avala la experiencia y no tienes demasiados resultados en tu mochila, cuestiónalo todo e incluso da lecciones desde la Atalaya a quienes se mojan y encima parecen acertar, aunque sean tus compañeros elegidos mayoritaria y democráticamente. Concretamente en lo electoral, nadie sabe más que tú; mucho menos los que estudian y se dedican a ello. 

jueves, 28 de abril de 2016

De Rambo a Timecop: ideología en las patadas de Van Damme


Los ochenta fueron los años de la contraofensiva conservadora por excelencia. Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Tatcher en Gran Bretaña aprovecharon a una Unión Soviética en los estertores para hacer desaparecer del imaginario colectivo de las clases populares cualquier proyecto alternativo. Como siempre, esto es importante recordarlo, esta contraofensiva es principalmente cultural, es decir ideológica. Y como desde los años 30, no existe campo más crucial a la hora de librar esta batalla que el cine. Podríamos decir que el cine, especialmente de masas, es la gran fotografía política de cada época. Si quieren saber qué preocupa a las élites estadounidenses, basta con que vean la cartelera y se fijen en aquellas películas aparentemente neutrales o de simple entretenimiento. ¿Es casualidad que todos los superhéroes nacieran en la misma época? ¿Es casualidad que resuciten en el tiempo en que Estados Unidos sufre una crisis de liderazgo?

Es difícil simplificar, pero podemos afirmar que el cine de los 80 fue tremendamente reaccionario, no por casualidad, sino por un contexto determinado de Guerra Fría y de cambios internos en los propios Estados Unidos. La grandeza del mítico Rambo no es tanto que pueda acabar él solo con vietnamitas y soviéticos (¡en este caso al lado de los muyahidines que posteriormente crearían el Estado Islámico!), sino su mensaje outsider contra el propio establishment norteamericano: en un sentido neoliberal, dice que el problema es el gobierno, la propia administración. Menos sutil parece Amanecer rojo (John Milius, 1984), que imagina una invasión a Estados Unidos de los rusos ayudados por tropas cubanas y nicaragüenses (en aquél momento Estados Unidos apoyaba directamente  a la contra sandinista). El mismo acento latino, por cierto, tienen los malos en Depredador (John McTiernan, 1987) antes de que el bicho haga de las suyas. Algo parecido pasa en Invasión USA (Joseph Zito, 1985) con un Chuck Norris todopoderoso como en Desaparecido en combate (1984), del mismo director. Más interesante resulta Cobra, el brazo fuerte de la ley (George Pan Cosmatos, 1986), una película que bien podrían copiar en España para defender desde la Ley Mordaza a la pena de muerte si tuvieran algo de ingenio: “El crimen es una plaga y yo soy el remedio. Aquí es donde termina la ley y empiezo yo”. "No he quebrantado la leyYo soy la ley", dijo en Juez Dredd (Danny Cannon, 1995). Lo mismo, pero con otras palabras, diría 30 años después en Los mercenarios 3 (Patrick Hughes, 2014): “Yo soy La Haya”. Una sincera y honesta manera de justificar tanto el terrorismo de Estado como la ejecución extrajudicial. Sin olvidarnos de la moralina y la propaganda antisoviética de Rocky IV (1985), podemos afirmar que Stallone es probablemente el personaje reaccionario de la época.

El fin de reaganismo en los 90 hizo posible que se colaran otros mensajes en las grandes películas de consumo rápido. Habrá muchos que representen mejor esta época, pero yo he elegido a Jean-Claude Van Damme y seleccionado algunos de sus grandes éxitos. Ya en 1992, en Soldado Universal (Roland Emmerich), se denuncian los excesos de Vietnam, personificados en el propio malo. En una escena, Van Damme le espeta a un alto cargo, contrario a los soldados universales: “Para ti sería un desastre que no mandáramos jóvenes americanos a morir en combate” (sin embargo, en la tercera parte de la saga lanzada en 2009 descubrimos que los separatistas islámicos chechenos son... ¡leninistas!). Un año más tarde, protagoniza el remake del excelente western Raíces profundas, Sin escape (Robert Harmon), dando vida a un héroe solitario y capaz de sacrificarse por los demás. La trama es bien sencilla: unos empresarios quieren desahuciar de su casa a una mujer para poder construir en la zona, y para ello no escatiman esfuerzos a la hora de utilizar la violencia y la extorsión. Así se hizo rico Rubén Bartomeu en Crematorio, llevada a la televisión por Sánchez-Cabezudo en 2011. También en 1993 se estrenó Blanco humano (John Woo), probablemente de las mejores de Van Damme. En este caso se trata de un pobre diablo que, esta vez por necesidades económicas, investiga el asesinato de un mendigo. Al final acaba convirtiéndose en el cazador de los ricos que se entretienen en hacer monterías de mendigos para pasar el rato. El jefe de los ricos, en el combate final, le pregunta qué le puede llevar hasta el punto de dar su vida por acabar con ellos, teniendo en cuenta que no han matado a ningún familiar suyo, a lo que Van Damme responde: “Los pobres también se aburren”.

La película más sugerente llegaría un año después: Timecop, policía en el tiempo (Peter Hyams, 1994). En un mundo futuro se puede viajar al pasado, aunque existe una policía encargada de que ello no ocurra, ya que supondría una alteración no deseable de la historia. Sin embargo, un senador de extrema derecha, la típica persona más lista que tú, viaja al pasado para conseguir dinero y financiar su campaña hacia la Presidencia de Estados Unidos. Más allá de una persona sin escrúpulos, se trata de un tipo que quiere construir un muro en México y que dice exactamente lo siguiente: “Quiero gobernar para que el 10% más rico sea más rico y el 90% se pueda ir a México”. Muchos millones de dólares, autoritarismo, racismo y clasismo. ¿A alguien le suena Donald Trump? En una época permanentemente electoral como la que vivimos en España, no podemos pasar por alto un diálogo del presidenciable, que parece saber algo del tema: “Las elecciones se ganan en televisión. No hace falta la prensa, ni el apoyo, ni la verdad. Hace falta dinero”.

Ese mismo año, Van Damme sería el coronel Guile en la adaptación al cine del videojuego Street Figther, la última batalla (Steven E. de Souza), fallida tanto en la adaptación como en el ejercicio de propaganda americana, marcando la fecha del inicio del declive de un mito. El final de los noventa y la década del 2000 borraron a Van Damme del mapa, aunque intentara resurgir a lo San Lázaro como héroe solitario contra las injusticias estos últimos años.

Sin embargo, los noventa nos dejarían otras joyas de distinta factura. Eraser, eliminador (Chuck Russel, 1996), protagonizada nada más y nada menos que por Schwarzenegger, irrumpiría contra la perversa alianza entre la élite política y la armamentística. Cuando el alguacil DeGuerin es arrestado y acusado de tráfico de armas con terroristas, la prensa le pregunta: “¿Admite su traición?”, a lo que él responde con autoridad: “Admito mi patriotismo”. Confundir tus espurios intereses personales con los de la patria: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Ese mismo año se estrenaría Independence Day (Roland Emmerich), un ejercicio de propaganda americana tan banal como efectivo, que junto a Air Force One (Wolfgang Petersen, 1997) y Armageddon (Michael Bay, 1998), son el ejemplo paradigmático de qué debe ser un líder político en tiempos de lo que se dio por llamar “americanización”. La personificación de unos valores, un programa y un proyecto, desplazados estos por las cualidades taumatúrgicas de un líder que quizá no tenga que matar él a los terrorista con sus propias manos, pero si es grabado subiendo unas escaleras con desgana y encorvado, jamás ganará unas elecciones.

Caeríamos en un error si subestimáramos la capacidad “socializadora” (hegemónica) del cine de consumo rápido, el cine de entretenimiento y aparentemente neutral: no existe nada más ideológico que lo que dice o parece no tener ideología. También caeríamos en un error si despreciáramos el cine de masas por el mero hecho de ser consumido por “la plebe” que, como piensan algunos, ni tienen idea ni merecen nada más sofisticado. En el desprecio a lo popular por el mero hecho de serlo, no solo hay aires de superioridad, sino algo peor: el clasismo elitista propio de pijos, ahora llamados hípsters.

martes, 16 de febrero de 2016

La chica de ayer (Ignacio Mercero, 2009): relato de la Transición


Decía uno de los inquisidores macarthistas en la espléndida y necesaria Trumbo (Jay Roach, 2015), que “el cine es la es la influencia más poderosa que se haya creado”. Que Bryan Cranston levantara el Oscar en la tribuna ante la atenta mirada de los peces gordos de Hollywood sería una especie de auto-parodia interesante. En cualquier caso, y deseándole suerte, por mucho que nos guste DiCaprio, de Trumbo solo recogemos la anterior cita.

El cine es, efectivamente, la herramienta más poderosa para crear relatos. En España se conoce el acontecimiento histórico más importante de los últimos 100 años, la Guerra Civil, a través del cine. Un cine que, con alguna honrosa excepción, construyó el relato de que la guerra fue una barbaridad entre hermanos cometida por el exceso de dos bandos enloquecidos. Para muestra La mula (Michael Radford, 2013) con Mario Casas de nacional.

El segundo acontecimiento más importante de los últimos 50 años, la Transición, ha sido narrada a través de series y biopics. El relato, sobre el que se asienta La chica de ayer (Iñaki Mercero, 2009), es grosso modo el siguiente: por fin los españoles se pusieron de acuerdo en un alarde de generosidad dejando atrás rencillas del pasado, siendo capaces, todos, de hacer sacrificios en aras de un pacto modélico de convivencia con vistas al futuro.

La chica de ayer, remake de la británica Life on mars, constó de ocho capítulos que se emitieron en Antena 3 en prime time con más de dos millones de espectadores. Samuel Santos, el Inspector Jefe de Policía, principal protagonista representado por Ernesto Alterio, tiene un accidente y se despierta en 1977. Allí convive con las viejas formas de la policía retratadas especialmente en el rudo Inspector Jefe Joaquín Gallardo, mientras intenta entender qué ha pasado para volver a su vida real. La trama podría haber dado mucho más de sí, se podría haber utilizado el contexto más potente para el género negro y policiaco a lo Pepe CarvalhoToni Romano o Inspector Méndez, pero se cae en la comedia constante sin ningún tipo de tensión o intriga. Supongo que esta sería la intención principal de los creadores.

Aun con todo, a pesar de la simpleza tanto de la trama y su desarrollo como de los protagonistas, la serie nos deja algunos elementos del relato de la Transición. En uno de los capítulos se utiliza la lucha sindical de unos trabajadores que van a ser despedidos como pretexto del asesinato de un capataz de la fábrica. Samuel Santos, que viene del futuro democrático, es el más comprensivo con los sindicalistas, y en un tono paternalista les dice: “Hay que luchar, pero hay que seguir las normas”. El relato hegemónico que tapa el conflicto (en este caso la lucha de clases en su forma más evidente) vuele a aflorar en una especie de paradoja espacio-temporal: si hay un futuro democrático es porque hubo un pasado de lucha, por lo que la apelación a las leyes franquistas por parte del Inspector que viene de ese futuro democrático, no deja de ser curiosa.

La serie en sí es una constante pugna entre las visiones antigua moderna de la policía, es decir entre la policía franquista y la democrática. Entre el método de Santos y el de Gallardo. Cabría esperar un desenlace en que una parte convence a la otra, a priori la democrática. No obstante, esto no parece tan claro. En el capítulo que intenta rememorar –sin éxito– a los quinquis de Eloy de la Iglesia, pierde Samuel Santos: el quinqui reincide y acaba imponiéndose la mano dura de Gallardo frente al idealismo ineficiente de quien cree en la reinserción. Aunque Gallardo da algún síntoma de avance gracias a la influencia de Santos, es éste quien acaba asumiendo el viejo método: la falsificación de pruebas. Y lo hace como mal necesario, por un fin estrictamente personal y que él cree noble. Las leyes son inexpugnables, pero a veces hay que saltárselas… Salvo si eres sindicalista.

Mariano Sánchez Soler estima en La transición sangrienta (Península, 2010), que fueron asesinadas 600 personas en el modélico proceso desde 1975 y 1983. En la serie se recoge un episodio interesante en que los matones de la extrema derecha apalean a jóvenes gais. Hay un muerto… Pero de nuevo se desaprovecha un contexto idóneo para una buena trama y se patina sobre lo superficial, en este caso una relación sentimental. La serie parece decir: se cometían excesos y barbaridades, cierto, pero a pesar de todo el sistema funcionaba. Tanto es así que al jefe de los jóvenes falangistas, ex policía, lo expulsan de la comisaría ¡por saltarse las reglas! Si en las comisarías franquistas se torturaba tanto que a veces incluso saltabas por la ventana como Enrique Ruano, ¿qué haría para que lo expulsaran? ¿O quizás es que no se torturaba tanto y el que se pasaba era expulsado?

En resumen, La chica de ayer se queda en una comedia con algún tinte dramático e ínfulas históricas. Se pierde en la trama y en un contexto que no sabe manejar. Sirve para pasar el rato, si no le pides explicaciones. Antonio Garrido, que mejora algo en La playa de los ahogados (Gerardo Herrero, 2015) con un papel parecido, no da la talla como tipo duro; Ernesto Alterio a lo suyo.

viernes, 5 de febrero de 2016

¿Por qué Alberto Garzón es el líder más valorado pero el menos votado?


"Los dioses perciben el futuro, los hombres el presente y los sabios lo que se avecina"

Alberto Garzón es un digno heredero de Julio Anguita. No solo por su concepción de la política y su trayectoria coherente, apoyada en el ejemplo diario y en la reconciliación sacristaniana entre lo que se dice y lo que se hace. El joven Garzón también ha heredado el mal de Casandra en la mitología griega: tiene capacidad para adivinar el futuro, es decir las consecuencias desastrosas de determinadas políticas, pero nadie le cree (y si le creen no le hacen caso). Cuando Anguita decía que el Tratado de Maastricht acabaría malvendiendo la soberanía de España a los bancos alemanes, era un loco, un lunático o incluso un ser de otra galaxia, en palabras de Felipe González. Esto convirtió a Anguita en el líder mejor valorado en su época por parte de personas de distintas afinidades ideológicas, sin que ello se tradujera precisamente en una avalancha de votos; hoy nadie duda de que seguiría siendo el líder más valorado entre los políticos en activo y retirados. El CIS, que depende del Ministerio de Presidencia, nos dice que Garzón es el líder mejor valorado en España, tras una campaña reciente apoyada en un “discurso profético” sin trucos, unos resultados electorales malos y una situación muy delicada de su partido que, no olvidemos, ni siquiera dirige.

Llegados a este punto, cabe hacerse la gran pregunta: ¿cómo puede ser que, siendo el mejor valorado, es decir “el mejor” a ojos de los españoles, sea el menos votado de los cinco? La respuesta requeriría un profundo análisis sobre el comportamiento político y electoral, pero podemos dar algunos brochazos grosso modo

Lo primero que debemos saber es que una parte importante de las decisiones las tomamos de manera irracional, a pesar de nuestro eterno empeño en racionalizar nuestros actos. La emocionalidad, estrechamente ligada a eso que llaman instinto, influye en ocasiones de manera determinante. A veces pasa que te enamoras de quien supuestamente no es mejor pareja o podría hacerte a priori más feliz o tu vida más llevadera. Del mismo modo, no votas al líder que al menos en principio es más honesto, más preparado o mirará más por tus intereses. La emocionalidad (el miedo a los bolivarianos o la ilusión por el cambio) no es un invento del llamado populismo, sino que es algo tan viejo como al menos Aristóteles y su phatos. La americanización de la política y la hegemonía del enfoque estratégico sobre el temático en los medios de comunicación, tan solo le dan un punto más de importancia. No importan los programas o las propuestas, sino las riñas estrictamente electoralistas entre los candidatos en liza, cuyas cualidades -la puesta en escena- son el verdadero “programa”. En términos político-electorales, la elaboración colectiva de un programa serio de gobierno, la preparación y la trayectoria de tu candidato, se los merienda otro en un minuto en El Hormiguero. El clásico debate de 1960: para los que lo oyeron en la radio, ganó Nixon, para quienes lo vieron en la TV, ganó Kennedy gracias a su telegenia y su bronceado. A partir de ahí cambió todo.

A este escenario político-mediático-electoral exportado en las últimas décadas desde EE. UU. en que la toma de decisiones se hace desde un plano superficial, por decirlo así, hay que añadir otros factores. Las estrategias de comunicación y de campaña electoral, que miden desde los colores de las camisas hasta las metáforas utilizadas en los discursos, sumadas a algunos factores como lo que últimamente se está llamando neuropolítica, son cuestiones importantes a la hora de entender el comportamiento electoral. Por obvio, ni hace falta hablar de la ley electoral y sus innumerables efectos como el mal llamado “voto útil” ("yo votaría a Garzón, pero votarlo es tirar el voto porque no va a ganar"). No obstante, no podemos olvidar lo que seguirá siendo el núcleo central de lo político-electoral: la ideología. Se dice, y no es del todo falso, que se han perdido los grandes anclajes (pertenencia a una clase social, arraigo ideológico, etc.) que antes determinaban el voto, en aras de una desideologización de los partidos convertidos en aparatos “atrapalotodo” que se dirigen a una masa social amorfa cuya centralidad es la llamada “clase media”. De nuevo, las grandes cuestiones han sido sustituidas por cuestiones superficiales que sean capaces de atraer a un electorado volátil. La posmodernidad mató los grandes relatos, la metanarrativa, e impuso el pensamiento único: como mucho podemos cuestionar la salsa con la que seremos comidos.

Sin ser falso, este análisis es incompleto. En un contexto de supuesta desideologización (“todos son iguales”, “ya no creo en nada”, “yo voto al que mire por lo mío”), la ideología en su sentido profundo juega un papel determinante. Lo que sigue definiendo a una sociedad son sus relaciones económicas, sus relaciones de producción, lo que podríamos llamar su estructura. Sobre esta estructura se erige la superestructura como el conjunto de instituciones y aparatos ideológicos hechos a medida de la primera. El cemento que une ambas, que le da sentido, es la ideología, que es siempre la ideología de la clase económicamente dominante. Los seres humanos somos seres sociales, y por muy especiales que nos creamos, por mucha personalidad que creamos tener, no dejamos de ser el resultado de un proceso de socialización desde que nacemos hasta que morimos: familia, amigos, profesores, televisión, prensa, cine, etc. Todo está impregnado de ideología, especialmente aquello que parece neutro. No existe persona con más ideología que la que afirma no tener ninguna o que todas son un lastre. No solo a Garzón, sino al mundo, lo miramos con unas gafas empañadas de ideología.

El equipo de Garzón no solo juega en contra del escenario americanizado de la política donde impera el enfoque estratégico y su enfoque temático (programa, programa, programa) no pinta absolutamente nada, bien porque no tenga capacidad para manejarse en ese terreno o bien porque no admita plegarse a él; el equipo de Garzón también juega en contra de todo un sistema enorme que no es solo económico, sino social y, en última instancia, ideológico.

Para resumir, podríamos enumerar algunos factores que nos ayudan a responder la gran pregunta: la irracionalidad-emocionalidad a la hora de tomar decisiones electorales, la americanización de la política, el enfoque estratégico, los efectos perversos de la ley electoral o el tratarse de una lucha ideológica, la más cruenta de todas, son algunos. Todos ellos, unos genéricos y otros íntimamente ligados con las particularidades del sistema político español, están englobados en el marco de la desaparición del socialismo en el imaginario colectivo de las clases populares. Casi nada.

Otro día hablaremos, con la misma facilidad, de los errores y las limitaciones que viene arrastrando lo que debió ser un movimiento político y social y acabó convirtiéndose en un mal partido, estratégicamente desnortado, es decir con unos males que van más allá de lo electoral. Todo lo anteriormente dicho no es excusa para eludir la torpeza de un núcleo dirigente incapaz de leer el nuevo ciclo que abría el 15M y que acabaría dirigiendo Podemos, con IU mejor que los muertos pero peor que los vivos, al menos de momento.

jueves, 14 de enero de 2016

Sufragistas (Sarah Gavron, 2015): lo dieron todo


Sufragistas es un espejo que nos escupe la cruda realidad a la cara. Cuando una película huye de la sutileza y la metáfora es tachada de «propaganda», la palabra maldita y el recurso de quienes no entienden –o admiten– que, en efecto, todo cine es propagandístico, especialmente aquél que aparenta neutralidad u objetividad. Lo dijo Federico Luppi en Lugares comunes: objetivos son los objetos. Sufragistas no engaña a nadie, ni lo pretende. Por eso resulta ridículo leer críticas que piden datos o argumentos. Desde la adaptación de Benito Zambrano de La voz dormida no se habían leído semejantes acusaciones de maniqueísmo.

Hablamos de una película necesaria que narra una historia no muy lejana en la avanzada democracia inglesa donde las mujeres no podían votar hace tan solo 100 años. Pero la película no se limita a mostrar una situación de injusticia como es la doble explotación de la mujer, por clase y género, sino algo más profundo. Nos muestra la diferencia, a veces antagónica, entre legalidad y legitimidad. De esa pugna, con la desobediencia civil como vehículo, ha dependido el progreso de la sociedad en un sentido igualitario.

El hilo conductor de la historia es Maud, el personaje representado por una Carey Mulligan en estado de gracia, como símbolo de la evolución de un grupo de mujeres conscientes de que los derechos no se regalan, se conquistan. Tras darse de bruces varias veces con la legalidad, las sufragistas deciden dar un paso más e iniciar acciones de desobediencia civil para, primero, conseguir repercusión y, segundo, presionar a sus señorías. Se organizan bajo las órdenes de Pankhurst, protagonizada por una Meryl Streep que lo mismo te hace de dama de hierro que de líder revolucionaria.

El antihéroe, el verdadero malo de la película, es el inspector Arthur Steed (Brendan Gleeson). La Ley. Uno de los responsables de subir la calidad de la película, tanto por su actuación como por la importancia de su papel. Es lo contrario al patrón de la fábrica (abusador, maleducado y, en resumen, un tipo fácilmente catalogable como repugnante), es una persona educada y respetuosa cuyo único delito es hacer cumplir de manera escrupulosa la ley. Sin él la película no tendría sentido. Volvemos al principio: Sufragistas nos dice que a veces las leyes no son justas y, si no hay otro remedio, hay que incumplirlas porque lo que todo el mundo quiere, dicen, son leyes que nos respeten para que las podamos respetar a ellas. El inspector nos muestra que la explotación, la injusticia, no es solo una cuestión de abusos o excesos, sino que es estructural; aunque el patrón de la fábrica fuera simpático, las mujeres seguirían trabajando más, en peores condiciones y cobrando menos que los hombres.

Dieron todo lo que tenían por los demás. Es una historia de lucha y sacrificio. Perder el trabajo, la familia o la reputación social fueron daños colaterales que estuvieron dispuestas a asumir. El emotivo final, con heroína tapada, la guinda. Es siempre la gente anónima, la que no necesita destacar, la que no busca un cargo o reconocimiento, la que lo da todo. La sal de la tierra. Difícil no emocionarse con el final... E indignarse.

En resumen, Sarah Gavron y Abi Morgan (Emmy al mejor guion por la serie The hour) consiguen una película socialmente necesaria, técnicamente notable y magistralmente emotiva.

Nota: 8/10

martes, 17 de noviembre de 2015

La cortina de humo (o la construcción de un relato)



Hoy nadie duda de que la política haya cambiado en los últimos tiempos. Ese cambio, que abarca prácticamente todos sus ámbitos (participación, comunicación…), acepta matices tanto de profundidad como de contenido y forma, pero es una tendencia incuestionable en todas las democracias liberales-representativas. La cortina de humo (Barry Levinson, 1997) nos sirve de ejemplo paradigmático para ceñirnos al ámbito de la comunicación.

La comunicación política, hasta entonces de masas, respondía a un modelo político de inclusión de éstas, de grandes partidos con grandes cleavages definidos en los que las ideologías, los programas transformadores y los proyectos no eran antiguallas, sino la razón de ser de dichos partidos. Esto empezó a cambiar en Estados Unidos a partir de la década de los cincuenta cuando los publicistas empezaron a convertirse en piezas clave de las campañas electorales. Sin embargo, no sería hasta el debate de 1960 entre Kennedy y Nixon cuando todos los estrategas electorales, especialmente referidos a la comunicación, tuvieran que adaptarse a un nuevo escenario.

Para la mayoría de quienes escucharon el aclamado debate por radio, ganó Nixon. Sin embargo, para la mayoría de quienes vieron el debate por televisión, ganó Kennedy. Se puso de manifiesto empíricamente que hay un porcentaje de la comunicación (hoy existe un consenso en que se trata precisamente de un porcentaje mayoritario) que responde a lo que podríamos denominar en términos genéricos puesta en escena, en la que aspectos hasta entonces obviados como el físico (en el caso de Kennedy su sonrisa, su mirada, su bronceado, etc. Frente a un a Nixon visiblemente enfermo), la comunicación no verbal o la teatralidad se imponen a argumentos objetivos-programáticos.  Desde entonces, y especialmente con el paso del tiempo hasta llegar a nuestros días, el fin último de una campaña en general y de una estrategia de comunicación en particular, es emocionar al votante, ya que la emocionalidad es un factor más movilizador que, por ejemplo, la racionalidad. A pesar de que los seres humanos gastemos una parte importante de nuestras energías en racionalizar nuestras acciones, lo que verdaderamente nos mueve son las emociones. Ejemplos no faltan, y estudios de lo que se ha acabado llamando neuropolítica tampoco. No obstante, hay que decir esto no es nada nuevo, ya que la apelación al phatos viene, al menos, desde tiempos de la retórica aristotélica.

La cortina de humo pone encima de la mesa los elementos clave a la hora de entender la comunicación. El primer problema que se presenta es el de agenda-setting, es decir el de colocar en la agenda mediática los temas que te convienen que sean de actualidad, esto es, los temas que te beneficien o perjudiquen a tus rivales. Quien impone de qué se habla parte con ventaja, y en el caso de la película nuestro protagonista iba perdiendo ya que, para más inri, el tema central de debate era algo tan negativo como una acusación de acoso sexual. Frente a este panorama, su equipo de campaña dirigido por un número exiguo de personas, intenta retomar la iniciativa. Hay debates de los cuales no puedes salir con respuestas o argumentarios ni siquiera aunque tengas razón. Si bajas al charco de barro que te impone el adversario, has perdido de antemano. Esta es la razón principal por la que los políticos y los partidos suelen pasar de puntillas por sus casos de corrupción, lejos de entonar el mea culpa al menos de cara a la galería; los analistas expertos coinciden en que la única manera de salir indemne (o al menos vivo) de un escándalo de corrupción es hacer como si no hubiera pasado nada (y si encima puedes desviar la atención como el Gobierno, hacia Gibraltar, por el caso Bárcenas, mejor). Por lo tanto, el equipo de campaña retoma la iniciativa y piensa una cuestión de mayor calado. Para tapar un escándalo, otro escándalo más grande. Una guerra.

Salvo en escasas ocasiones de pésima gestión, un atentado, un desastre natural o un acontecimiento doloroso, eleva automáticamente la popularidad del gobernante que afronta el desafío. Si se trata de un enemigo externo, más aun, ya que radicaliza la dialéctica schimittiana de amigo/enemigo. Sin antagonismo no hay política. No olvidemos que el objetivo último, a fin de cuentas, de un político es representar los intereses generales de la nación, aunque solo sea representante de una clase social, por ejemplo. Esta hegemonía es más fácil construir cuando se tiene enfrente un enemigo perfectamente definido y dibujado: el comunismo, el terrorismo, la casta, la oligarquía o el imperialismo.

Bien para definir el enemigo o bien para diseñar una guerra, más que argumentos lógicos y racionales, hace falta la construcción de un relato, sencillo, emocional y que en definitiva sea una historia (la prueba de fuego: todas las secretarias llorando tras el ensayo del discurso del Presidente). El relato es el sustento de la comunicación (pos)moderna. El ejemplo de las armas de destrucción masiva inexistentes en Irak da prueba de ello. Frente a tamaña amenaza, solo cabe pensar con el estómago y legitimar cualquier acción frente al terror. Y que sea rápido. Si todos los medios de comunicación al unísono nos venden el relato de las armas de destrucción masiva, ¿cómo pararnos a pensar reflexivamente, primero, si eso es verdad, y segundo, si la solución es bombardear a todo un país? Somos rehenes del miedo, de la llamada doctrina del shock. En la película esto se ve perfectamente. Da igual cuál sea el país, dan igual las razones, lo importante es el relato que emocione: los detalles de la niña, de Zapato, los eslóganes, las canciones, etc. son imprescindibles. El storytelling necesita de elementos que hagan del relato algo atractivo y conmovedor, a diferencia de la clásica y fría comunicación: mitos, arquetipos, metáforas… que doten a dicho relato de sentimientos de heroicidad, identificación, leyenda, etc. Todos estos elementos los tenemos perfectamente identificados en la política. Que el verdadero guionista de la campaña sea un productor de cine es la guinda.

Quién nos iba a decir hace tan solo diez años que un tertuliano con coleta podría aspirar con posibilidades a la Presidencia de España, o que todos los candidatos se darían codazos por salir en programas como El Hormiguero. La americanización de la política española es ya un hecho incuestionable. Las áreas de participación colectiva de los programas electorales, las asambleas y los militantes pintan poco en este nuevo escenario. Lo dijo de manera profética Alfonso Guerra hace bastantes años: “prefiero un minuto en televisión que 10.000 militantes”. Pablo Iglesias años antes de pisar su primer plató ya lo tenía claro: “la gente no milita en las organizaciones políticas sino en los medios de comunicación”. Albert Rivera dijo que él, que tenía mejor facha que todos ellos también sabía jugar a esto. Luego Pedro Sánchez sacó una enorme bandera rojigualda y presentó a su mujer a lo Obama como diciendo que él era una persona normal. Los que no puedan, bien por capacidad o bien por un compromiso ideológico que choca con los intereses de los grandes capitales propietarios de todas las televisiones -sin excepción-, surfear la ola de la espectacularización lo tienen complicado. Y si no que se lo pregunten al bueno de Alberto Garzón.

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