domingo, 29 de octubre de 2017

El reto histórico de la izquierda ante la crisis de Estado: construir un proyecto de España



En ese intento permanente de ver desde los ojos del otro, imagino que la reacción del PP y Ciudadanos ante la declaración unilateral de independencia será parecida a la celebración de un gol de España. En este caso de lo que ellos entienden como España. ¿Por qué, si "España se rompe", o al menos su modelo territorial, son los senadores del PP quienes más contentos están? Aunque parezca obvio hay que repetirlo: mientras el eje social sea tapado por el eje nacional aquí hay poco que hacer.

El pujolismo fue por encima de todo un proceso ideológico exitoso: construyó una visión transversal de Cataluña desde una especie de complejo de superioridad. Una parte de la izquierda catalana asumió el relato, probablemente sin darse cuenta, y dedicó muy poco tiempo a intentar estrechar lazos con el pueblo español. De ese complejo de superioridad surgió algún insulto de carácter etnicista, algo que los andaluces nunca entendimos: el andalucismo, engarzado de manera profunda con la cuestión social, siempre fue un instrumento contra los privilegiados, de ahí que a la derecha que se reconoce como tal se le resista. Monedero dijo hace semanas que algo habrá hecho mal el independentismo para tener tan pocos apoyos fuera de Cataluña: lo lincharon. Garzón hizo un análisis mínimamente materialista de las contradicciones en el proceso: lo lincharon.



Que los independentistas se atrevan a poco menos que a marcar nuestras posiciones al mismo tiempo que el bloque monárquico-restaurador intenta colocarnos en el campo independentista por no compartir una estrategia autoritaria y fracasada, es el reflejo de una ausencia de proyecto de España. Hay razones históricas que justifican dicha ausencia: la llegada tardía del marxismo (de ahí la impronta del anarquismo), la imposición de una determinada idea de España por parte de los franquistas desde 1939 y las dificultades para pensar que tuvieron las mejores cabezas durante 40 años de dictadura. No existe un "marxismo español" y no existe un análisis riguroso más o menos compartido de la "cuestión nacional". Una izquierda que no tiene una posición clara, nítida, respecto al Estado es una izquierda "divagante", probablemente capaz de defender como nadie los derechos del atún rojo pero incapaz de poner encima de la mesa un proyecto de país que al menos sea escuchado por las clases populares.


La política no es una lucha por el voto, por las instituciones o el gobierno: es una lucha permanente por la hegemonía. Ésta, resumida como "visión del mundo", aquí y ahora se concreta en una visión de España. Partiendo de nuestras particularidades, a mí no se me ocurre otra cosa que no sea un proyecto plurinacional-popular. Pero para algo tan serio debemos tener capacidad para estrechar alianzas. Dicho de manera simplista: sin una alianza entre el pueblo catalán y el pueblo andaluz no hay salida. No podemos renunciar a construir fuera de Cataluña. No podemos renunciar a España. Togliatti dedicó sus 30 años como Secretario General a intentar una alianza por la base con los democristianos, consciente de que en Italia el proyecto nacional-popular estaba atravesado por dos contradicciones: la cuestión meridional (un norte industrializado y un sur agrario) y la cuestión vaticana-religiosa. Los campesinos católicos que votaban a la derecha eran igual de necesarios que los obreros turineses afiliados al PCI. El objetivo era nada más y nada menos que la unidad nacional.


En 1964 el debate entre Fernando Claudín y Santiago Carrillo dio como resultado la expulsión de los dos "intelectuales con cabeza de chorlito" que hicieron un análisis más preciso del desarrollo capitalista bajo el franquismo. Ahí se perdió mucho. A diferencia de la mayoría nucleada en torno a Carrillo, Claudín defendía que bajo el franquismo se estaba produciendo un desarrollo económico que permitía la integración de distintos sectores sociales y, por ésta entre otras razones, el franquismo no iba a culminar en una "crisis nacional revolucionaria". El capital monopolista podría dotarse de formas más o menos democráticas. No sé en qué año, pero cuenta la leyenda que Franco corrigió a un diplomático estadounidense frente al Valle de los Caídos: su verdadero monumento era la "clase media". Esa clase media advenediza, asustadiza, que surgió al calor del desarrollismo y lejos de brindar con champán cuando murió el dictador, se escondió debajo de la mesa.


El 15M rompió en buena medida esa aspiración de acenso social de las autoubicadas clases medias: ahí entendió Pablo Iglesias que hacer política en España consiste en hacer política para las clases medias. Pero no tardaría siquiera un año para darse cuenta de que no sólo era insuficiente sino que no podía ser el eje central de una acción política realmente transformadora. Ahí sigue estando el quid de la cuestión: cómo recoger la frustración de las clases medias, normalmente ilustradas, sin renunciar a las clases populares, con sus propias contradicciones. Cómo ser profundamente demócrata desde una perspectiva republicana, apoyando el referéndum pactado y al mismo tiempo luchando contra cualquier intento de confederalización del norte y regionalización del sur. Recoger el descontento urbano en las grandes ciudades sin renunciar a las zonas rurales, a los pueblos pequeños, los cuales representan cerca del 90% de los más de 8.000 municipios españoles.


La cuestión federal en España está atravesada por dos cuestiones fundamentales: el cuidado primoroso de las particularidades históricas, culturales, etc. de las naciones por un lado y, por otro, el reequilibrio territorial en términos económicos y sociales. Ésa debería ser la tarea histórica de la izquierda ante la crisis de Estado: la unidad, en positivo, en la diversidad, en términos democráticos, económicos y sociales, de España. La unidad del pueblo español en la búsqueda de su verdadera soberanía en –no lo olvidemos– un contexto geopolítico concreto: la Unión Europea alemana. Una República Federal y Solidaria que construya valores cívicos: igualdad, fraternidad, solidaridad. En el actual contexto, dicha propuesta presentada de forma "transversal" (es decir, que no se base principalmente ni en el rechazo a la monarquía ni en la memoria histórica; y no por ello se debe renunciar a ésta) puede abrirse paso ante el agotamiento de la Constitución, la muerte del Estado de las Autonomías y el enquistamiento de las posiciones de Rajoy y Puigdemont. Mirar atrás para proponer una especie de regreso a la situación precrisis sería inútil. Fueron las élites económicas y el bipartidismo servil quienes iniciaron su particular proceso “deconstituyente” a partir de mayo de 2010. Propongamos nosotros un verdadero Proceso Constituyente.


Ahora mismo el bloque monárquico-restaurador celebra el gol de esa España que cabe en una caja de zapatos. El choque de trenes genera frustración, resentimiento y odio. El franquismo sociológico, a veces soterrado, sale a flote. Se saca la bandera contra el otro, contra cualquier posible avance democrático (matrimonio gay, aborto, etc.). Como advertía Bertolt Brecht, lo malo de un nacionalista es que vuelve nacionalista al que tiene enfrente. Es un escenario complicado para la Política con mayúscula. Sin embargo, si construimos en positivo, sin complejos, nuestro proyecto plurinacional-popular en forma de republicanismo federal puede ir abriéndose paso ante el enquistamiento que hoy refuerza las posiciones más reaccionarias. No hablamos de una lucha por significantes vacíos, hablamos de algo mucho más importante: una lucha por el alma de las clases trabajadoras españolas que a día de hoy no entienden nuestra posición. Sin inhibirnos del movimiento, pero con altura de miras, con perspectiva estratégica, esto es, sin caer en reducciones «subjetivistas» que desatiendan los procesos estructurales de fondo. Defendamos los derechos democráticos con la misma vehemencia con que condenamos cualquier tentativa represora del bloque monárquico-restaurador: construyamos, al mismo tiempo, nuestro proyecto republicano y federal de España.

martes, 3 de octubre de 2017

Cataluña: una brecha en la crisis de régimen


No fueron pocas las voces que dieron por terminada la crisis de régimen tras el 26J. El regreso triunfante de Rajoy a la Moncloa, esta vez auspiciado por el PSOE y Ciudadanos, sugería cerrar un ciclo de incertidumbre en el que parecía que las cosas, esta vez sí, podían cambiar. Los argumentos eran parecidos a los usados por quienes infravaloraron el 15M antes, durante y especialmente después de la mayoría absoluta del PP en 2011. Una mirada corta centrada en el plano electoral-institucional. Como si la crisis económica y la posterior crisis de hegemonía tuvieran una traslación política inmediata y obligatoriamente en una dirección emancipadora.

Con la crisis económica se fueron disgregando dos piezas fundamentales del bloque histórico de poder en torno al cual se ha estructurado el llamado régimen del 78. Se rompió uno de los consensos principales que garantizaban su estabilidad: la esperanza de ascenso social de las autoubicadas clases medias. A los padres de la generación de la Transición se les dijo que sus sacrificios valían la pena porque sus hijos vivirían ostensiblemente mejor que ellos; a los hijos se les dijo que si estudiaban vivirían mejor que sus padres. Sin embargo, el ascensor social se rompió y esa generación calificada como la más preparada de la historia –supongo que en términos académicos– vio mermadas sus expectativas. El concepto de clase media es una construcción ideológica; más que de un análisis sociológico riguroso parte de una permanente aspiración. No obstante, la –modesta– extensión del Estado de bienestar dio algo de sentido a dicha aspiración y convirtió a esas autoubicadas clases medias no sólo en un actor político fundamental, sino también en un campo de batalla.

Especialmente en los primeros pasos del 15M se apreciaba en algunos sectores un reclamo egoísta-pasional que consistía básicamente en pedir lo que cada uno entendía como «lo suyo». Luego se produjeron reivindicaciones sectoriales («lo mío y lo de los míos») y queda pendiente, todavía, unificar y elevar las luchas a un plano «universal». En cualquier caso, más allá de algunos repliegues conservadores los representantes políticos del poder económico han perdido la legitimidad para una parte importante de esas clases medias que ya no creen en lo que antes creían. Pensar que con una cierta estabilidad política-institucional se impondrá una nueva normalidad significa confiar más en un sistema económico incompatible con los derechos sociales más básicos que en la mayoría social. A pesar de una maquinaria de propaganda nada desdeñable las condiciones económicas y materiales de los sectores populares seguirán empobreciéndose (a no ser que los dirigentes del PP tengan razón). Estas condiciones no determinan nada al menos desde el asesinato de Rosa Luxemburgo en 1919, pero sí garantizan la posibilidad de dar la batalla más allá del plano institucional-parlamentario.

Las clases dominantes han tenido históricamente un proyecto de país bien definido. La alianza de las oligarquías españolas (oligarquías castellano-manchegas, aristócratas andaluces…) con las burguesías catalana y vasca ha nucleado de manera exitosa durante demasiado tiempo el bloque histórico de poder en España. La crisis catalana evidencia que dicha alianza parece romperse. Estamos ante un proceso transversal, complejo social, cultural y políticamente, pero parece evidente que la burguesía catalana busca su propio espacio de competición en un contexto económico y geopolítico concreto. Esto no quiere decir que el proceso sea «burgués». Por cuestiones de tiempo y espacio no entro en lo que sin duda podrían ser reducciones, simplemente constato lo que cualquier análisis sociológico refleja: las clases más privilegiadas están por la independencia. O si se prefiere, las clases más privilegiadas están, también, y con más entusiasmo, por la independencia. Dicho esto, la imagen de desborde social los días siguientes el 1-O parece inequívoca.

Aunque pueda parecer una obviedad, no está de más recordar que las élites españolas y catalanas históricamente han hecho gala de su instinto de clase anteponiendo sus intereses económicos compartidos a las diferencias culturales, por ejemplo. Sin necesidad de remontarnos a Cambó, valga como ejemplo el Pacto del Majestic en el que, en 1996, el hoy defenestrado Jordi Pujol conseguía el gobierno en Cataluña, más competencias y la cabeza de Vidal-Quadras a cambio de darle el gobierno a Aznar. Más allá del resultado final del proceso, se llegue a algún pacto o no, parece difícil que la ruptura quede en una anécdota. Se están intentando encarcelar a los políticos con los que hace no mucho se aprobaban presupuestos. Cuando se pierde el consentimiento aparece la otra cara del poder: la fuerza, la coerción, esas fuerzas de seguridad dando porrazos y decomisando alijos de urnas y papeletas.

Señalar estos apuntes no puede servir de coartada para inhibirse del movimiento. Que el árbitro sea malo no puede ser una excusa para no acudir al partido, máxime cuando siempre hemos jugado en campo contrario y con el árbitro comprado. Sin embargo, ir más allá de los análisis abstractos y genéricos (democracia, libertad, voluntad, etc.) puede servir para situar mejor un proceso complejo, dialéctico y contradictorio. Aunque estamos ante un conflicto de siglos, con una base histórica y culturalmente arraigado, la crisis económica y la disgregación del bloque histórico de poder no son detalles menores. Esto no significa que esa inmensa mayoría social catalana que aboga por el referéndum ni esa parte importante que defiende directamente la independencia sean un ejército de zombis manipulados (¡no como nosotros!). Sin embargo, detrás de una mirada estrictamente «subjetivista» existen unas condiciones económicas y materiales sin las cuales sería difícil entender la crisis catalana.

Llegados a este punto, cabría hacerse de nuevo una de las grandes preguntas: ¿dónde está el poder? Si está en Madrid, ya sea en la banca o en el propio Congreso de los Diputados, tiene sentido iniciar un proceso independentista en clave soberanista. La soberanía implica la capacidad de un pueblo para regir su propio destino, también –y quizá principalmente– en el ámbito económico. Para un libre y profundo desarrollo de los derechos relacionados con la democracia formal, vinculada principalmente con los procedimientos, se necesitan condiciones económicas y materiales: democracia material. Para un sintecho no hay libertad ni democracia que valga. A veces se nos olvida que España está enmarcada en un contexto geopolítico concreto y bien definido: la Unión Europea subordinada al capital alemán y subordinada, al mismo tiempo, a los intereses geoestratégicos de EEUU. Los países del sur son poco más que protectorados, ¿o acaso la tragedia griega no ha servido para nada? El proceso catalán puede ser defendido de manera impecable desde argumentos democratistas, pero si únicamente consiste en una «libre elección de amos» más que de un derecho de autodeterminación en el sentido profundo del término se tratará de mero secesionismo.

La cuestión federal española está atravesada por dos cuestiones fundamentales: las diferencias culturales y las diferencias económicas entre territorios. Un federalismo que se precie debe cuidar esas diferencias culturales asumiendo que en distintas épocas han sido reprimidas y precisamente por ello se ha generado una actitud necesariamente defensiva en ocasiones. Al mismo tiempo, se debe poner el acento en el carácter solidario de dicho federalismo. Esas diferencias no pueden servir de coartada cultural para legitimar posturas insolidarias que acaben en un norte confederado y en un sur a una segunda velocidad. Dicho de manera simplista: sin una alianza entre el pueblo catalán y el pueblo andaluz no hay salida democrática y con justicia social posible a la cuestión territorial española. Esto necesita una reorientación del marco de debate tanto en Cataluña como en el resto del Estado.

La tarea estratégica de la izquierda es la construcción de un nuevo bloque histórico ante la proletarización de las llamadas clases medias, el surgimiento de un nuevo proletariado urbano y los cambios introducidos por un «capitalismo app» que poco tiene que ver con el capitalismo fordista. Este bloque histórico, para que sea tal, no puede quedarse en una mera alianza de clases, debe dotarse de un proyecto ético-político, de una visión del mundo propia y autónoma. Los intereses corporativos como clases, subclases o sectores sociales deben ser elevados en una mirada universal. Esto pasa por construir una visión compartida de país. Es el gran reto de una izquierda que perdió el concepto de España en 1939 y ha sido incapaz de construir un proyecto «nacional-popular». Una estrategia política certera exige del reconocimiento exhaustivo de las particularidades nacionales. Ante el inminente surgimiento de un proyecto plurinacional-popular debemos insistir en lo popular porque nadie más lo hará y el margen de debate es ínfimo. Es lo que nos diferencia de quienes intentan iniciar en Europa un repliegue nacional ante el fracaso de la globalización: la confianza real en el pueblo.

Francisco Fernández Buey escribió en 1997: «La hipótesis de partida es la siguiente: no habrá en España una alternativa de izquierdas renovada que no sea federalista en lo cultural, confederal en lo organizativo y moralmente sensible a las diferencias de las distintas nacionalidades y regiones». 20 años después a mí no se me ocurre otra fórmula viable. 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Gramsci y el análisis del Estado: el origen del concepto de hegemonía


Introducción

Recientemente Alberto Garzón advertía en un artículo que «la lectura que hacemos sobre la clase social y el Estado condiciona absolutamente la práctica política de los partidos socialistas»[1]. A continuación se lamentaba de la ausencia teórica de Marx sobre los conceptos de clase social y Estado, destacando la diversidad táctica de éste según el contexto. Hace casi un siglo Gramsci describió al alemán como un «maestro de vida espiritual y moral, no un pastor con báculo»[2] y lo destacó como un «escritor de obras históricas y políticas concretas»[3]. Hoy deberíamos hacer la misma advertencia con el propio Gramsci, cuya obra se nos presenta como universal, hecho que podría interpretarse como una especie de halago pero que en realidad resta capacidad transformadora a la obra de un político intelectual eminentemente nacional y militante.

El análisis del Estado y de los bloques dominantes de procesos históricos como el llamado Risorgimento ocupan un lugar central en la obra gramsciana. Este análisis fue el gran ausente en las reinterpretaciones socialdemócratas del concepto de hegemonía en los años setenta y siguió siendo el gran ausente en las nuevas lecturas laclausianas. En ambas reinterpretaciones se perdía de vista el análisis –de clase– gramsciano del Estado y la estrategia de la hegemonía se reducía a la lucha por el consenso en el ámbito de la sociedad civil, con el objetivo de aumentar la participación y la influencia institucional-parlamentaria. Se obviaba un análisis central del marxismo, se redecía el Estado a «una cosa» que «se toma» o directamente se asumía su neutralidad, sin caer en la cuenta de que dicha neutralidad era precisamente una construcción ideológica. Antoni Domenech puso de relieve las limitaciones de esta simplificación del Estado y de su relación con la sociedad civil pues, entre otras cosas, olvida un detalle: «Gramsci ha escrito sus notas encarcelado por un Estado fascista de excepción»[4].

A día de hoy, el análisis del Estado sigue siendo crucial y de él, o de su ausencia, depende en buena medida el éxito o el fracaso de nuestra acción política.

El origen del concepto de hegemonía

Situamos el origen del concepto de hegemonía en Lenin, que «hallamos en su polémica con los populistas (“narodniki”) a propósito del desarrollo del capitalismo en Rusia»[5], si bien se trata de un concepto todavía incipiente, limitado e insuficiente para ir más allá de las alianzas de clases. A pesar de que se asocia el marxismo oriental con la coerción y un análisis más tosco de las cuestiones sobreestructurales –asociación que no es completamente errónea–, el propio Lenin entendió en 1919, en un contexto de guerra civil, que «no es sólo la violencia, ni sobre todo la violencia lo que constituye el fondo de la dictadura del proletariado. Su carácter principal reside en el espíritu de organización y de disciplina del proletariado, destacamento de vanguardia, único dirigente de los trabajadores»[6]. En 1923 acabaría señalando que la construcción del socialismo no consistía únicamente en la organización de la población en cooperativas y en el establecimiento de una economía colectiva, ya que sería insuficiente si no acompaña una «verdadera revolución cultural»[7]. Gramsci atribuye a Lenin la revalorización del frente cultural en oposición a las tendencias economicistas y «la construcción de la doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del Estado-fuerza como forma actual de la doctrina de la “revolución permanente”»[8]. Por todo ello, podemos afirmar con Luciano Gruppi que «Gramsci no ha introducido pues ninguna ruptura en relación a Lenin, pero enriquece su análisis subrayando otros aspectos. (…) Encontraremos de nuevo este mismo esfuerzo a propósito de la noción de Estado»[9]

Gramsci profundiza en la afirmación marxista según la cual los hombres toman conciencia de los conflictos fundamentales en el terreno de las ideologías. Amplía la definición de ideología, que pasaría de ser «falsa conciencia» y un mero artificio a una concepción del mundo. Definió como «infantilismo primitivo» el intento de «presentar y exponer toda fluctuación de la política y de la ideología como expresión inmediata de la estructura»[10]. Según esta visión reduccionista, la estructura determinaría la ideología de la misma forma que un cuerpo determina su sombra. Si así fuera, ¿cómo se explicaría que quienes compartían una misma posición respecto a los medios de producción y por tanto unos mismos «intereses objetivos» no se sumaran a la revolución y que, en muchos casos, la combatieran? Detrás de este reduccionismo se esconde la infravaloración de «lo subjetivo», de la ideología, de la cultura y de la política en su sentido más amplio. Por todo ello, la noción de hegemonía «exige el abandono del materialismo mecanicista y la revalorización determinante del sujeto revolucionario, de su iniciativa, del momento de la constancia»[11].

Esta reflexión crítica contra el reduccionismo, escrita en 1916, representa el origen de la idea central del concepto de hegemonía en Gramsci:

«El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo. La razón es que sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la humanidad consciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron antes históricamente. Y esa consciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y político sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones»[12].
¿Por qué, habiendo explotados y explotadores, no se ha realizado todavía el socialismo? Una reflexión que acabó tomando tintes dramáticos después de la oleada de derrotas que sufrió el movimiento obrero tan sólo unos años más tarde.

Gramsci pronto se da cuenta de que la estrategia bolchevique basada en el choque frontal o en la guerra de maniobras no se podría exportar a Occidente al tratarse de sociedades más desarrolladas con un Estado en los cuales

«la “sociedad civil” se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a los asaltos catastróficos del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.): las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de trincheras de la guerra moderna»[13].
El desarrollo del concepto de Estado

En Oriente, detrás del Estado, entendido únicamente como el conjunto de aparatos institucionales y represivos, no había nada, si acaso una sociedad «gelatinosa». Sin embargo, en Occidente «el Estado era sólo una trinchera avanzada, detrás de la cual se encontraba una robusta cadena de fortalezas y fortines»[14]. Gramsci actualiza la definición leninista del Estado, sin desprenderse de su carácter de clase[15], para ampliarla a la suma de la sociedad política y la sociedad civil, sintetizada en la expresión «hegemonía acorazada de coerción»[16].

La sociedad política agrupa el conjunto de actividades encargadas de la coerción y de la represión con el objetivo de mantener el poder establecido y aplastar cualquier conato de rebelión. Sin embargo, estas actividades coercitivas no tienen por qué ser necesariamente de carácter militar o paramilitar, también abarcan el ámbito jurídico: la coacción legal ejercida contra huelguistas en momentos de excepción aunque no necesariamente, por ejemplo. Gramsci rescata la metáfora del centauro maquiavélico con doble personalidad[17] para explicar el carácter dual del Estado y de la hegemonía: en este caso, la sociedad política estaría relacionada con la parte animal, con la fuerza y con la coerción.

Por otra parte, la sociedad civil es el espacio en el que se pugna por el consenso, por el sentido común, y en el que se reviste al Estado de un contenido ético-cultural. En ella actúan organismos e instituciones que refuerzan la hegemonía del grupo dominante. Gramsci atribuye a la Iglesia un papel crucial ya que detrás de su propaganda ideológica hay toda una organización social con distintos canales de difusión. Por otra parte estarían el aparato escolar, los periódicos “independientes” que actúan como verdaderos partidos, los medios de comunicación social y las organizaciones culturales. También los sindicatos y los partidos. En definitiva, la sociedad civil es el conjunto de fortalezas mediante las cuales el grupo dominante legitima su acción política-económica. Debido a esta complejidad que presentan las sociedades desarrolladas, en casos de crisis económica la política «va con retraso sobre la economía»[18] y no necesariamente en una dirección democrática.

Este análisis dual del Estado como la suma de la sociedad política y la sociedad civil tiene algunas limitaciones. Ambas sociedades se relacionan de manera dialéctica y no son compartimentos estancos: en la sociedad política también aparece coerción legal y en la sociedad civil también se dan formas terribles de dominio, por ejemplo a través de condiciones laborales de esclavitud. Del mismo modo, un partido político puede pertenecer al mismo tiempo a la sociedad política y a la sociedad civil. Como afirma Hughes Portelli, «la distinción entre sociedad civil y sociedad política no es orgánicamente completa ya que la clase dominante, en el ejercicio de su hegemonía, utiliza y combina una y otra»[19]. La definición del paso del socialismo al comunismo que Gramsci identifica como «sociedad regulada» sigue originando algunos equívocos. Ésta no consistiría en la absorción del Estado por parte de la sociedad civil, que como acabamos de ver también forma parte del Estado, sino en la absorción de la sociedad política por la sociedad civil, que acabaría reduciendo «gradualmente sus intervenciones autoritarias y coactivas»[20]. Conforme disminuyan los antagonismos de clase, disminuiría la necesidad de dominación.

Conclusiones

La grandeza del concepto de hegemonía radica en que su definición “enciclopédica”, extraída y descontextualizada de la obra gramsciana, no tiene un valor especialmente relevante. Sin el análisis del Estado, del capitalismo avanzado y del contexto en el que fue desarrollado, siempre desde un marxismo original, pierde profundidad y una parte importante de su vocación emancipadora. En ningún momento hemos intentando resumir el concepto de hegemonía, tan sólo hemos intentado acercarnos a otros conceptos como el de Estado que, por un lado, resulta imprescindible para hacer un análisis lo suficientemente amplio y, por otro, impide que el concepto de hegemonía se desligue de su amarre socioeconómico.

El análisis del Estado sigue determinando la estrategia. Si el Estado es un conjunto de aparatos e instituciones que se «toman», tiene sentido centrarse en dicha toma política-institucional con independencia de sus formas: por «asalto» o electoralmente. Si por el contrario el Estado es la suma de esa «sociedad política» con la sociedad civil, la estrategia será otra. ¿De qué serviría tener los aparatos gubernamentales sin conquistar la hegemonía en la sociedad civil? La tragedia griega puede servir de ejemplo. Si la política es principalmente una lucha permanente por la hegemonía, la acción política no puede estar dirigida de manera exclusiva hacia las instituciones (que, como altavoz, forman parte de la sociedad civil); del mismo modo, si la política es una lucha permanente por la hegemonía, las organizaciones políticas no pueden ser –principalmente– sus entramados jurídico-administrativos, sino piezas del bloque social del que forma parte y aspira a dirigir.





[1] Garzón, Alberto. (2017). ‘El Capital’ habla del capitalismo hoy. http://blogs.publico.es/economia-para-pobres/2017/09/14/el-capital-habla-del-capitalismo-de-hoy/
[2] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos (Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 70.
[3] Ibid, p. 198.
[4] Domenech, Antoni. (1977). De la vigencia de Gramsci: esbozo para la controversia. En VVAA. (1977). Gramsci hoy. Barcelona: Materiales, S. A. de Estudios y Publicaciones, pp. 65-66.
[5] Rodríguez-Aguilera, Cesáreo. (1985). Gramsci y la vía nacional al socialismo. Madrid: Akal, p. 78.
[6] Luciano, Gruppi. (1981). El concepto de hegemonía en Antonio Gramsci. En VVAA., Revolución y democracia en Gramsci. Barcelona: Fontamara, p. 48.
[7] Frosini, Fabio. (2013). Hacia una teoría de la hegemonía. En Modenisi, Massimo (coord.), Horizontes gramscianos. Estudios en torno al pensamiento de Antonio Gramsci. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, p. 76.
[8] Ibid., pp. 74-75.
[9] Luciano, Gruppi. (1981). El concepto de hegemonía en Antonio Gramsci. En VVAA., Revolución y democracia en Gramsci. Barcelona: Fontamara, p. 48.
[10] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos (Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 198.
[11] Luciano, Gruppi. (1981). El concepto de hegemonía en Antonio Gramsci. En VVAA., Revolución y democracia en Gramsci. Barcelona: Fontamara, p. 51.
[12] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos (Antología). Madrid: Alianza Editorial, pp. 39-40.
[13] Ibid., pp. 241-242.
[14] Ibid., pp. 245-246.
[15] Portelli, Hughes. (1987). Gramsci y el bloque histórico. México: Siglo XXI Editores, p. 69.
[16] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos (Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 253.
[17] Ibid., p. 124.
[18] Fernández Buey, Francisco. (2001). Leyendo a Gramsci. Barcelona: El Viejo Topo, p. 117.
[19] Portelli, Hughes. (1987). Gramsci y el bloque histórico. México: Siglo XXI Editores, p. 32.
[20] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos (Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 254.

sábado, 12 de agosto de 2017

La ideología de la felicidad y el mito del emprendedor


Gramsci desarrolla el concepto marxista de ideología para ampliarla a un conjunto de valores, a una visión del mundo, dialéctica, contradictoria y compleja. Es en la sociedad civil donde nos impregnamos de ella a través de un permanente proceso de socialización, en el trabajo, en la escuela, en el cine, en el bar. Por mucho que nos consuele pensarlo, no somos «librepensadores» independientes y ajenos a lo que nos rodea, incluido lo que no vemos. Como escribió Terry Eagleton, «la ideología es como el mal aliento: lo notamos solo en los demás».

Se nos ha repetido hasta la saciedad, aun reconociendo sus fallos, que vivimos en el mejor de los sistemas posibles. Se nos ha sometido a la peor de las censuras, esto es, a la ocultación de otras alternativas cuando no se han demonizado. Hemos comprado el relato que otorga legitimidad a un sistema que no funciona. El relato del ascenso social según el cual la mejora de nuestras condiciones de vida depende única y exclusivamente de nosotros. Nuestra posición social es un reflejo de nuestro talento y de nuestro trabajo. Si realmente valemos y nos lo curramos, triunfaremos. Lo tenemos en nuestra mano. Es cosa nuestra. Pero esto significa que si fracasamos, también es nuestra culpa. Somos unos perdedores. Unos inadaptados. Así, hemos interiorizado un discurso profundamente ideológico y funcional a quienes mandan, asumiendo acríticamente una realidad material que nos ha sido impuesta. Al asumirla individualmente negamos nuestra capacidad para cambiarla –colectivamente– al tiempo que blanqueamos un sistema tan injusto como ineficaz y lo convertimos en un sistema de igualdad de oportunidades en el que el éxito está al alcance de cualquiera.

Pocas películas reflejan de manera tan fidedigna este «sueño americano» como la famosa En busca de la felicidad (2006) de Gabriele Muccino. En ella descendemos hasta los infiernos del sistema. Vemos cómo en un mundo en el que se han mercantilizado todos los espacios, las condiciones económicas y materiales influyen hasta en nuestras relaciones. A algo parecido se refería Javier Egea cuando afirmaba que el amor era imposible en un sistema imposible. La libertad es un ensueño si no están cubiertas todas las necesidades económicas y materiales que posibiliten nuestro total desarrollo como personas. Ahí reside una de las paradojas del capitalismo: la escasez de recursos económicos y materiales no va acompañada de una visión de vida más austera en sentido berlingueriano, al contrario: el tiempo de ocio se ha convertido en tiempo de negocio tal y como la jornada laboral, ya que no existe un ocio que escape a la lógica de la mercantilización, esto es, al consumo. Los multimillonarios insatisfechos con gustos extravagantes a lo American Psycho (Mary Harron, 2000) son el resultado de ese consumismo sin fin.

Una vez bien adentro del infierno, vemos la realidad que colapsa los comedores sociales, a los que se ven abocados no solo vagabundos o lúmpenes, también «trabajadores pobres», es decir, gente con trabajo pero que aun así no llega a fin de mes. Hasta aquí podría tratarse de una película progresista, en el sentido de que muestra una realidad que se tiende a obviar, pero este descenso a los infiernos no se hace sino para darle más fuerza a la idea central del film: a pesar de tocar fondo, si te lo curras y crees en tus sueños, triunfarás. Al descender tan abajo, lo que hace es ampliar las posibilidades de ascenso. El final de la película es tan descarado que en el fondo se podría considerar como una autocrítica: has logrado salir de la miseria, bien, y has encontrado un trabajo de bróker que genera más miseria, vale, ¿pero qué pasa con esos cientos, miles, millones de personas que hasta hace dos días eran compañeros de comedor social? Una vez visto el infierno, ¿se puede ser feliz comprándote un coche por el que babearán infelices con una vida insatisfecha? La parábola de la película es obvia: no te quejes, no te organices, estudia debajo del puente, si de verdad te lo curras triunfarás, aunque en realidad sea gracias al azar, a un capricho del jefe, a que dejes un reguero de cadáveres por el camino o a una mezcla de todos esos factores.

Desde hace unos años el mercado laboral tiene una nueva estrella: el emprendedor. Partiendo del relato del «sueño americano», el emprendedor incorpora unos matices de cursilería basados en el «coaching» y en el pensamiento positivo. Toda una realidad socioeconómica impuesta se reduciría a ver el vaso medio lleno en lugar de verlo medio vacío. Es una cuestión de actitud. Las redes sociales se han llenado de lemas sobre la superación que podrían estar sacados de libros de autoayuda para adolescentes con problemas, los cuales copan todas las librerías y se cuelan en la sección de los más vendidos. En un contexto de desesperación absoluta, te prometen al menos unos minutos de esperanza mientras te explican cómo ser feliz o millonario. Como la droga, produce un efecto narcotizante: por un momento puedes «alienarte» y escapar de la realidad hacia un mundo mucho menos cruel. ¡Y es legal!

La estafa de la autoayuda planea desde un principio sobre el mito del emprendedor: buscar soluciones individuales a problemas colectivos. Donde personas «tóxicas» ven emigración forzada, tú debes ver movilidad exterior y una oportunidad para desenvolverte con más soltura en el extranjero. De lo que se trata es que, una vez asumido que el empleo estable no volverá, nos preparemos para ser autoexplotados y asumamos con normalidad unas condiciones de semiesclavitud. En palabras de Foucault, el individuo se convierte en «un empresario de sí mismo». Ya no se trata de hacer un trabajo mecánico como apretar tuercas, ahora hay que pensar e innovar, de ahí la importancia de la motivación. Es la falacia del autónomo que, aun trabajando doce horas al día –la mayoría del tiempo para un banco–, se cree empresario y se posiciona de parte de los de arriba. La mayoría de grandes empresas externalizan o subcontratan determinados servicios a autónomos, ya que así les salen más rentables al encontrarse éstos desprotegidos: ya no contratan a un trabajador, contratan un servicio; no contratan a un trabajador, contratan a un colaborador. Es una supuesta relación entre iguales. ¡Vamos todos en el mismo barco!

En el fondo: la «democratización» de la figura del empresario y la ilusión de que todos podemos llegar a serlo. Se trata de una sofisticación edulcorada del relato del ascenso social: ¡puedes llegar a ser tu propio jefe! Pero antes, para llegar a esa conclusión hay que desdibujar la realidad y los límites de lo legítimo y lo ilegítimo, convirtiendo lo inaceptable en un desafío a superar para alcanzar el éxito que, insistimos, depende de nuestro talento natural y de nuestro trabajo. George Clooney sintetiza en Up in the air (Jason Reitman, 2009) de manera cínica ese desafío que representa un despido: «Todo el que ha construido un imperio ha pasado por esto». Cada trabajador despedido no solo no debería protestar sino que debería estar agradecido por el «baño de realidad». De nuestra disposición para entender y asumir esto depende nuestra «empleabilidad», que resumidamente sería nuestra capacidad para tragar con lo que nos echen: decir sí a todo y obedecer sin rechistar. Una actitud que habría convertido a Espartaco en una persona tóxica. La tercera temporada de Black Mirror (Charlie Brooker, 2016) irrumpió con un capítulo, Caída en picado, que no dejó indiferente a nadie. En un mundo dominado por la apariencia, el acceso a los servicios sociales depende de la reputación social, que es el resultado de la competencia diaria por ver quién sonríe más.

Sin embargo, siempre que haya un desajuste entre esencia y apariencia, hay que recurrir a la economía como nivel esencial. El discurso del ascenso social, con la nueva figura del emprendedor como estrella, no es más que una «ideología de la felicidad», esto es, una «falsa conciencia», que no se corresponde con la realidad económica y material. Las posibilidades de cursar estudios superiores varían según las condiciones económicas de cada hogar. También las posibilidades de ascender socialmente. Incluso nuestra esperanza de vida. En un mercado laboral hecho añicos en el que la vía más usada para encontrar trabajo es «el enchufe» a través de familiares o amigos, las capacidades individuales no son tan decisivas como nos quieren hacer creer. En el caso de que estuviéramos ante uno de los «privilegiados» que logra triunfar gracias a un ingenio o a una capacidad extraordinaria, habría que advertirle de que el éxito no sería exclusivamente de él. ¿O acaso podría triunfar del mismo modo en todos los países del mundo? No, solo en aquellos en los que se den unas condiciones propicias que lo permitan. Esas condiciones son generadas por el trabajo –y los impuestos– de los demás. No solo los servicios sociales más básicos como las escuelas o los hospitales están pagados con el dinero de todos –especialmente de las mayorías sociales–, también las carreteras por las que se mueven quienes quieren liquidar el Estado de bienestar.

El capitalismo posfordista aparte de introducir cambios en la vida económica de la clase trabajadora como vimos anteriormente, modificó su sentido común hacia uno más competitivo e individualista. No solo se culpabiliza al pobre de su pobreza. Quien no encuentra trabajo es un flojo, el que lo encuentra un pelota, el que cobra poco un pringado que tira los salarios a la baja y el que cobra bien un privilegiado. Es la guerra del penúltimo contra el último, una constante lucha entre los de abajo que divierte y facilita el trabajo a los de arriba.

martes, 18 de julio de 2017

La legitimidad del 18 de julio: el cine y la guerra


«En los tiempos sombríos, ¿se cantará también?
También se cantará sobre los tiempos sombríos»
Bertolt Brecht

Es muy difícil, cuando no imposible, entender el presente sin entender el pasado. Este recurso al pasado suele interpretarse como un ejercicio de revanchismo o ajuste de cuentas, pero obviando esa reacción infantil, resulta imprescindible para entender la complejidad de la realidad contemporánea que solo puede ser explicada reconociendo la existencia de una multitud de factores no exentos de conflicto. No podemos interpretar la crisis del régimen español si no partimos de una lectura crítica del proceso que se popularizó como «La Transición», en tanto en cuanto fue en él donde se establecieron las bases sobre las que se asentaría el régimen. Del mismo modo, para entender el desarrollo y el resultado final de la Transición, debemos entender que ésta tuvo, a su vez, su propio pasado. Utilizamos como punto de partida la fecha del 18 de julio de 1936 porque entendemos que, aunque continuó con la tradición negra del absolutismo, puso fin a la posibilidad de un nuevo tiempo que se abrió con la Segunda República. Ésta pretendía superar de manera pacífica la anomalía de que en España no se hubiera producido una revolución democrático-burguesa. A su expresión pacífica debemos añadir su carácter estrictamente democrático y legal: su legitimidad de origen parte de la soberanía popular canalizada a través de unas elecciones. Su lucha por los valores de la Ilustración y por un liberalismo social reveló el carácter reaccionario de sus oponentes ante tan modesta amenaza.

Como ya sabemos, un cambio de régimen político-institucional no puede profundizarse ni mantenerse en el tiempo si no va acompañado de unas profundas reformas económicas. Aunque la República supuso unos avances en igualdad y en derechos sociales y civiles de los que todo demócrata debería considerarse heredero, no fue capaz de romper con las fuerzas materiales del viejo orden: la oligarquía, los terratenientes, la jerarquía eclesiástica y la casta militar. Esta falta de voluntad, o más bien de resolución, fue aprovechada por una oposición que como en el resto de Europa abrazaba el fascismo. La polarización entre quienes nunca asumieron la voluntad popular y decidieron derrumbar desde el primer momento el sistema democrático y entre quienes no estaban dispuestos a volver a viejas formas de dominación, hizo de la inestabilidad una seña de identidad de la República que se manifestaría en acontecimientos como la Revolución de Asturias de 1934. No por casualidad, los historiadores revisionistas marcan esta fecha como el inicio de la guerra civil en un ejercicio sesgado de reparto de culpas nada sutil.

El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 fue la evolución lógica de una oposición que no reconoció la legitimidad democrática desde el principio y no asumió los resultados del Frente Popular en las elecciones de febrero de ese mismo año. Hitler ya había tomado el poder en Alemania y Mussolini llevaba una década como Primer Ministro en Italia. La mera existencia de la Unión Soviética y el avance del movimiento comunista (que en España solo sería hegemónico dentro del movimiento obrero tras el Golpe de Estado) hizo que una parte importante de la derecha política y de las clases medias más asustadizas se echaran en brazos del nazi-fascismo frente a la «amenaza bolchevique». Sobre esta amenaza se sustentaría el discurso legitimador del franquismo durante 40 años, y también –de manera más disimulada– de cierta historiografía revisionista reciente al situar la contienda como un enfrentamiento entre fascistas, por un lado, y comunistas con la dictadura del proletariado bajo el brazo, por otro. Esta visión simplificadora es errónea. No se puede reducir el «bando» republicano como el bando de los comunistas, ya que en él se ubicaban todos aquellos que con independencia de su sensibilidad ideológica defendían la legalidad democrática emanada de las urnas. Pepe Díaz, a la sazón Secretario General del PCE, afirmaba que la única solución para la guerra era que España no fuera «ni fascista ni comunista» y que su respeto entre las masas obreras, los campesinos y la pequeña burguesía se debía a que eran «los defensores más firmes de la independencia nacional, de la libertad y de la Constitución republicana»[1]. No se puede reprochar a los comunistas que –tras abandonar las tesis sectarias de Bullejos– defendieran de manera unánime la democracia hasta convertirse en protagonistas principales, pero sí se puede reprochar al resto –liberales, conservadores, centristas, etc.– que no lo hicieran de manera tan coherente y abnegada.

Esta simplificación resulta incoherente con el apoyo masivo no solo nacional sino internacional por parte de intelectuales y personalidades de la cultura de distinta procedencia. Destaca el apoyo de la población norteamericana, por ejemplo, que ya situaba al antifascismo en el centro tanto del debate político como del escenario internacional. Incluso Hollywood se situó de parte de los republicanos produciendo películas como Bloqueo (William Dieterle, 1938), en la que el personaje encarnado por Henry Fonda acaba pidiendo el apoyo a la causa republicana. Sin embargo, el hecho de que los demócratas del mundo hicieran suya la causa antifascista no sirvió para que sus gobiernos hicieran lo propio. La política de no intervención supuso de facto un apoyo implícito a los golpistas, sin entrar siquiera en las relaciones comerciales que salen a la luz una vez que se escarba sobre la supuesta neutralidad. Para vergüenza de estos gobiernos (EE. UU., Gran Bretaña, Francia) la guerra civil dejó una de las grandes epopeyas del siglo XX: las Brigadas Internacionales.

Según los datos que maneja el historiador Eric Hobsbwan en diferentes obras, alrededor de 35.000 personas de distintos países y de distinto origen social, cultural, etc. vinieron a luchar contra el fascismo aun sabiendo las escasas posibilidades de salir con vida. De los 9.000 brigadistas franceses, más del 90% eran obreros. Intelectuales, periodistas, fotógrafos, obreros. Muchos de ellos murieron en un país que probablemente no sabían situar en el mapa, pero por una causa internacional que tan solo unos años más tarde se revelaría determinante para el futuro de la humanidad: el antifascismo. En efecto, la guerra civil española se situaba en los prolegómenos de una inevitable conflagración mundial que no tardaría en llegar. Esta fue una de las razones por las que los países «democráticos» no se alinearon primero con el bando republicano ni más tarde con los soviéticos hasta que el avance nazi-fascista lo hiciera inevitable, una vez que la Unión Soviética sufrió un desgaste importante tras frenar en solitario la «guerra relámpago» iniciada por las tropas hitlerianas. De nuevo el contexto geopolítico es determinante: los países democráticos, esto es, los países capitalistas-liberales, parecían temer más el avance de la «amenaza bolchevique», vista en cualquier gobierno de izquierdas susceptible de aliarse con la Unión Soviética, que del propio nazi-fascismo, un freno radical de ésta. Para la posteridad quedó la lección de dignidad que el pueblo español brindó al resto del mundo: mientras el nazi-fascismo entró en otros países como Pedro por su casa, aquí se encontró una resistencia tenaz de tres años que solo pudo ser doblegada con la ayuda de alemanes e italianos.

La visión hegemónica en el imaginario popular –no así en la historiografía seria– de la guerra como una lucha fratricida entre dos bandos enloquecidos se revela bastante generosa con los vencedores: se obvia el contexto, los orígenes y las causas. Cuando se analiza desde una perspectiva estrictamente moral se llega a la conclusión de que ambos bandos cometieron atrocidades –lo cual no dejar de ser cierto– por lo que ambos son igual de condenables. Se obvia que unos defendían la democracia y otros el fascismo, unos utilizaban la violencia como autodefensa y otros como la manera de imponer la dictadura tras fracasar electoralmente. Desde esa posición moralista habría que renunciar a todos y cada uno de los derechos sociales que todavía disfrutamos, ya que fueron conquistados a través de procesos violentos al constatarse como única vía una vez que los privilegiados negaron cualquier cauce democrático. Hablamos de derechos tan básicos como el sufragio universal o la jornada laboral de ocho horas. No es algo exclusivo de la historia del movimiento obrero. «La violencia es la partera de la historia», dejó escrito Marx.

El siguiente paso de la simplificación de la guerra como una disputa entre dos bandos igual de enloquecidos consiste en presentar la contienda como una lucha entre hermanos. Esto despoja de cualquier carácter político el conflicto, señalando que pertenecer a un bando o a otro era una mera cuestión de azar. Al despolitizarse se hace más digerible la versión de que en última instancia todos eran iguales. Se trataría de una lucha entre el equipo rojo y el equipo azul con el pueblo como víctima en el centro del campo. La película Katyn (AndrzejWajda, 2007), sirviéndose del catolicismo anticomunista polaco, representa en una escena este intento de equidistancia y de comparación entre ambos bandos, en este caso nazis y soviéticos: un grupo de polacos huye por un puente dejando atrás a los nazis, cuando de repente son advertidos de que por delante vienen los soviéticos, quedando atrapados entre ambos.

Uno de los consensos de la Transición fue el acuerdo oficioso de «punto y final» sobre la guerra civil, que no significa que no se pueda hablar de ella, sino que se deba hacer en determinados términos. Ir más allá sería «reabrir heridas». Apoyado en este consenso institucional, el cine ha sido el gran constructor de la narrativa hegemónica sobre la guerra civil. Tras más de 100 películas en las que se aborda el tema, en muchas de ellas de manera indirecta o a través de metáforas, sigue faltando la película definitiva que muestre sin ambages qué significó aquello. La mayoría opta por una posición equidistante que acaba llamando a la reconciliación nacional entendiéndola como la superación del trauma sin escarbar demasiado. El ejemplo paradigmático es La vaquilla (1985) de García Berlanga. Otras optan por la personalización que despolitiza el conflicto, como La mula (2013) de Michael Radford. Otras deciden apostar por una visión anticomunista sin complejos, como hacen Encontrarás dragones (RolandJoffé, 2011), Un Dios prohibido (Pablo Moreno, 2013) o Bajo un manto de estrellas (Óscar Parra, 2013). Mención aparte merece en esta lista Tierra y Libertad (Ken Loach, 1995), probablemente la película más famosa sobre la guerra dirigida paradójicamente por un británico. Desde una perspectiva trotskista-orwelliana narra el conflicto interno dentro del bando republicano acaecido en Cataluña, comprando el discurso franquista de que el PCE no era más que un tentáculo de Stalin.

La película más reciente hasta la fecha, Gernika (Koldo Serra, 2016), presenta una Euskadi bajo el dominio aterrador de las checas estalinistas, con unos republicanos al servicio de Moscú. No hay rastro del nacionalismo católico y conservador tan prominente ya entonces, tampoco del gobierno vasco, ni siquiera de franquistas reaccionarios. La situación de Gernika se presenta de tal manera que uno acaba viendo el bombardeo como un mal menor ante el control de unos soviéticos deshumanizados. Los únicos que acaban mostrando algo de compasión son… ¡Los propios alemanes!

Franco afirmó que estaba dispuesto a exterminar a todo el que no se sumara a la «Cruzada». El general Mola sintetizó la base del totalitarismo franquista como programa de «terror y aniquilación» con el objetivo de «eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros»[2]. El nacional-catolicismo fue la denominación particular del fascismo español. Se apoyó en los mismos sectores que vieron amenazados sus privilegios con la República. La Iglesia se erigió como el gran dispositivo de control social. Si las víctimas de la guerra se cuentan por cientos de miles, la cifra de represaliados –fusilamiento, cárcel o exilio en el mejor de los casos– desde el 1939 no se queda atrás.

Tuvo que venir en este caso un mexicano, Guillermo del Toro, para enseñarnos en El laberinto del fauno (2006) qué era un falangista. De nuevo una película extranjera se convirtió en la más famosa sobre los maquis. Sin embargo, cinco años antes Montxo Armendáriz dirigía la excelente Silencio roto, en la que podíamos ver el escepticismo de unos maquis poco menos que abandonados a su suerte tras la política de no intervención de los «aliados». La filmografía sobre los guerrilleros, tachados por el régimen de bandoleros, también opta en gran medida por la despolitización y los dramas personales. Y llegó el día de la venganza (Fred Zinnemann, 1964), Metralleta Stein (José Antonio de la Loma, 1975), Los días del pasado (Mario Camus, 1977), El corazón del bosque (Manuel Gutiérrez, 1979), Luna de lobos (Julio Sánchez, 1987), Huidos (1993, Sancho Gracia), El portero (Gonzalo Suárez, 2000) o El año del diluvio (Jaime Chávarri, 2004) narran historias en clave de aventuras dramáticas, pero no se profundiza en el contexto sociopolítico que obligó a miles de personas a tirarse al monte.

Tanto el cine de la guerra como el de posguerra (con la excepción casi única de la adaptación que Benito Zambrano hizo de La voz dormida en 2010) lejos de crear una identidad política basada en el antifascismo como base de la democracia en Europa, han apuntalado la visión simplista y generosa con los vencedores. Esta ausencia de identidad nacional democrática-antifascista fue representada de manera insultante en el desfile del 12 de octubre de 2004, al que el ministro de Defensa José Bono invitó a dos excombatientes que lucharon en los dos bandos enfrentados tanto en la Guerra Civil como posteriormente en la II Guerra Mundial: uno en la División Azul a las órdenes de Hitler y otro en la División Leclerc que acabaría liberando Francia del yugo nazi.

En 1947 Franco aprobó la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado convirtiendo España de nuevo en Reino y arrogándose la potestad de elegir a su sucesor a título de Rey cuando lo estimara oportuno. Años más tarde, el 22 de julio de 1969 a las seis y media de la tarde para ser exactos, pronunció un solemne discurso en el Palacio de las Cortes en el que designó a Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor por, entre otros motivos, «las claras muestras de lealtad a los principios e instituciones del Régimen». En palabras del dictador, esta decisión ayudaría a que «todo quede atado y bien atado para el futuro»[3]. A la mañana siguiente, Juan Carlos de Borbón y Borbón aceptó la designación jurando «lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino». A continuación pronunció un discurso que empezó con las siguientes palabras: «Quiero expresar, en primer lugar; que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida del 18 de julio de 1936».

Este recorrido histórico no es un capricho ni un mero ajuste democrático de cuentas, lo cual no estaría de más, sino un ejercicio indispensable para entender el devenir de los acontecimientos posteriores. 40 años de dictadura inclinaron hacia un lado la «correlación de debilidades» y dejaron un poso que impregnaría transversalmente la sociedad hasta el punto de convertirse en el factor sin el cual no se podría entender lo que vino después: el miedo.

Ese miedo que acabaría vertebrando el comportamiento político de los españoles no solo durante la dictadura sino también una vez superado el proceso de Transición, fue el resultado del totalitarismo fascista que a veces se oculta debajo del término «franquismo». La Transición asumió la versión oficial del régimen según la cual el franquismo nunca fue una dictadura totalitaria sino un régimen autoritario. De la Guerra Civil como Cruzada se pasaba como por arte de magia al Estado católico, social y representativo en 1945. Más adelante, el propio desarrollo del régimen produciría una apertura cuya evolución natural culminaría en la democracia. Así, el Golpe de Estado fue un «mal menor» que trajo un régimen autoritario que a su vez funcionó como «mal necesario» antes del inevitable advenimiento de la democracia.

Esta versión tiene su origen en la teoría del sociólogo J. J. Linz, criado en familia, instituciones y ambientes culturales falangistas, que en 1950 marcharía a los Estados Unidos. Linz se sirvió de argumentos del Cuñadísimo Ramón Serrano Suñer, uno de los principales dirigentes en los primeros y más duros años de posguerra, reconocido germanófilo, quien negaría cualquier parecido con un Estado totalitario. Más tarde sus formulaciones serían traducidas al castellano y apadrinadas por Manuel Fraga Iribarne[4]. Su definición de autoritarismo no pasaría desapercibida en Estados Unidos, donde el Departamento de Estado la haría suya para legitimar el apoyo a innumerables dictaduras sangrientas como la de Pinochet en Chile. Bajo estos presupuestos, el franquismo no tenía una ideología totalizante ni presentaba una movilización política que abarcara todos los ámbitos de la sociedad. Quedaba así bien aseado para que la Transición sin ruptura ni depuración pudiera convertirse en un proceso modélico y el sistema resultante en una democracia homologable a las europeas. Sin embargo, el miedo de la población española no era casual, sino el fruto de un régimen totalitario que creía que poder y piedad eran incompatibles.




[1] Díaz, José. La pasión por la unidad. Discursos y artículos. 1935-1938(p. 242). (2002). Sevilla: Fundación de Investigaciones Marxistas.
[2] Preston, Paul. El holocausto español(p. 25). (2011). Barcelona: Debate.
[3]Grimaldos, Alfredo. Claves de la Transición. 1973-1986. (para adultos). De la muerte de Carrero Blanco al referéndum de la OTAN(pp. 23-27). (2013). Barcelona: Península.
[4] Morán, Gregorio. (2015). El precio de la transición (p. 113). Madrid: Ediciones Akal.

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