miércoles, 25 de marzo de 2015

Los asesores de Susana Díaz han leído a Laclau



El triunfo de Susana Díaz dejó una sensación de estupefacción y amargura entre las diversas gentes que aspiran a algo mejor de lo que tenemos. A partir de ahí, llantos, insultos y tirones de pelo. «Da igual lo que hagan» o «nos merecemos lo que tenemos». Algunos incluso hablan de masoquismo. Lo cierto es que razones para lamentarse no faltan: la región con más paro de Europa vuelve a votar a los responsables políticos de los ERE’s y, concretamente, a la elegida por el dedo del último presidente de Andalucía, hoy imputado junto a su predecesor. Estas reacciones son humanamente comprensibles pero no sirven para entender lo sucedido.

Me tragué la campaña entera. Destaco un momento, probablemente el momento clave, en el que me indigné más que nunca por dos razones: por la falta de educación y honestidad de Susana Díaz y porque dio donde duele. Me refiero al segundo debate entre Antonio Maíllo, Susana Díaz y Juanma Moreno, televisado por TVE. De manera objetiva (aunque objetivos son los objetos) Antonio Maíllo ganó los dos debates, pues fue el único que aportó alternativas, hizo un análisis riguroso y además puso encima de la mesa una propuesta estratégica a medio y largo plazo para Andalucía. Programa y proyecto: Política con mayúscula. Por otra parte, había un pique dialéctico bipartidista entre Juanma y Susana, marcado por las interrupciones de ésta. Llegado el momento Maíllo, indignado, dio con el quid de la cuestión dirigiéndose a Susana: «Andalucía no es usted».

Y es que la estrategia de campaña de Susana ha sido una brillante estrategia populista. De la estrategia populista, independientemente de quien la ejecute, destaco cuatro aspectos que han sido desarrollados con éxito por el PSOE de Andalucía:

1. Liderazgo fuerte. Las sociedades posmodernas no necesitan dirigentes sino líderes. Y una de las cualidades más importantes de éstos es la fortaleza: algo que demostró Susana desde la ruptura del Gobierno andaluz hasta las interrupciones a Juanma Moreno en los debates, pasando por la apuesta absoluta de hacer de su propia persona el eje central de la campaña. Pero no bastaba con esto: un liderazgo es realmente fuerte cuando se funde en simbiosis con el Pueblo. El líder no se representa a sí mismo, ni siquiera al partido, sino al Pueblo en su conjunto. Él es el Pueblo y quien se meta con él se está metiendo con el Pueblo. Si esta asociación no chirría demasiado podemos hablar de un liderazgo hegemónico. Un apunte: todos sabemos que la sociedad está dividida en clases sociales con intereses antagónicos. ¿Qué significa que una clase es hegemónica (y tiene el consentimiento de una parte importante de las otras)? Que es capaz de presentar sus intereses particulares de clase como los intereses generales de todos. Rajoy nunca habla en nombre de la derecha, ni del PP, ni de la minoría privilegiada para la que gobierna: habla en nombre de España. Susana consiguió imponer todos sus relatos: el de la ruptura por inestabilidad, el de que hay dos caminos diferentes y el de Andalucía soy yo.

2. Nacionalismo. Toda estrategia populista se basa en la defensa de “los nuestros” frente al ataque de “los otros”. El antagonismo político tiene su origen en Carl Schmitt y en resumen podríamos definirlo como la creación de un escenario dividido en amigo-enemigo. Andalucía es una tierra especial, atravesada por un andalucismo importante frente al histórico centralismo español. Esto Susana lo aprovechó con éxito: huyó de los típicos fondos rojos del PSOE y los sustituyó por los colores verde y blanco. En cada fondo, en cada lema, en cada discurso una palabra era repetida hasta la sociedad: Andalucía. “No somos el PSOE, no somos la izquierda: somos Andalucía”. El colofón: los sobres del mailing que incluían los votos estaban pintados con la bandera andaluza. ¿Cuál ha sido y sigue siendo el principal problema del PP y de la derecha en general en Andalucía? Que el andalucismo es hegemónicamente de izquierdas porque la Autonomía la trajo ésta y el PP no tiene proyecto de Andalucía (Alianza Popular pidió la abstención el 28-F de 1980, por cierto). A la izquierda transformadora a nivel estatal le pasa precisamente lo contrario: el españolismo es hegemónicamente de derechas y no tiene proyecto de España.

3. Enemigo externo. Creo sinceramente que Juanma Moreno no ha hecho una mala campaña, aunque no pudo quitarse la imagen de representante de los señoricos y tampoco supo marcar el terreno donde disputar la partida. La iniciativa la llevó en todo momento Susana, llevando el debate a Madrid y señalando al Gobierno central como el origen de todos los males de Andalucía. Estamos hablando del Gobierno más impopular de la historia del que también destaca, y esto es cierto, una actitud casi morbosa contra Andalucía. Es una relación que retroalimenta a ambas partes, que salen beneficiadas del toma y daca: solo hay una persona capaz de plantar batalla al populismo de Susana Díaz: Esperanza Aguirre, que utiliza sus mismas armas. Así, Susana situó el enemigo de Andalucía en Madrid y se parapetó en una defensa “nacionalista” de su tierra: Madrid quiere masacrar a Andalucía y los contrincantes políticos que se meten con Susana Díaz se están metiendo con Andalucía. Una visión insultantemente paternalista pero efectista: en política, cuanto más simple, mejor.

4. Emocionalidad. Desde nuestro marco entendemos que la política es programa y proyecto. Desde un análisis estrictamente racional nuestro programa es el mejor, no porque lo digamos nosotros sino porque objetivamente va encaminado a mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la gente. Y aun así vemos cómo la mayoría de esa gente vuelve a votar a quien le roba, le engaña o le recorta. Para bien o para mal la política es algo eminentemente irracional y emocional: no gana quien tiene mejores argumentos sino quien genera las emociones adecuadas en los momentos adecuados. También en política, la razón es esclava de la emoción, y no al revés. Susana tiró constantemente de storytelling y de un discurso emocional al que las propuestas, el programa o un análisis riguroso no solo no le hacía falta, sino que le estorbaba. Aunque bajo mi punto de vista ha sido algo chapucera, ha cumplido los requisitos imprescindibles de la comunicación de hoy en día: simplificar, repetir, reenmarcar y traducir en emociones. Si a esto le añades el control absoluto de los medios de comunicación, poco tienen que hacer tus propuestas programáticas elaboradas colectivamente. Triste pero cierto.

También hay otros factores importantes a tener en cuenta para entender los resultados de las elecciones. Un grado de concienciación importante de los andaluces pero a la vez de resistencia a cualquier cambio, las redes clientelares principalmente en la Andalucía rural (que es mayoría) y una exitosa campaña mediática-electoral de año y medio, son otros factores a tener en cuenta. Así como la debilidad organizativa de Podemos o la pérdida de credibilidad de IU tras el cogobierno.

En cualquier caso, la arriesgada Operación Susana ha sido un éxito. Quien lleva la iniciativa tiene todas las de ganar: el arte de la guerra dice que si tienes que batallar tienes que hacerlo en el terreno en el que te sea más favorable. Andalucía era el terreno más propicio para el PSOE y, no lo olvidemos, para el bipartidismo. Una derrota de IU y un frenazo de Podemos sería suficiente para que el régimen culminara el proceso de “revolución pasiva” que inició hace tiempo: cambiar todo para que nada cambie. Un lavado de caras, e incluso de partidos si es necesario, que regeneren el sistema y lo dejen como nuevo: que haya cambios en la superestructura política pero la infraestructura económica siga intacta. Por el momento van ganando y el “cambiazo” está más cerca que el “cambio”.

jueves, 22 de enero de 2015

¿Qué es La isla mínima?



El cine español ha dejado en 2014 la mayor recaudación de los últimos tiempos y, aunque no por ello, una lista importante de películas buenas y muy buenas. El Festival de San Sebastián fue para Magical girl, de Carlos Vermut, una película que podría haberse llamado A spanish film, ya que es lo más parecido (a su manera) que veremos a la indescriptible película serbia. En los Goya también optan a mejor película, además de Magical girl y La isla mínima (Alberto Rodríguez), El niño (Daniel Monzón), Relatos salvajes (Damián Szifrón) y Loreak (Goenaga y Garaño). La lista de nominaciones la encabeza La isla mínima, con 17, seguida de El niño, con 16. Ésta última, salvando a Luis Tosar y el presupuesto, es una película que no pasa de buena: se parece mucho más a El príncipe que a la segunda temporada de The wire. Relatos salvajes es una buena película que ha sabido teatralizar el nihilismo tragicómico de nuestros tiempos; ay qué haría yo en este mundo si pudiera. No obstante, creo que La isla mínima será justa ganadora. La lista de nominaciones deja algunas sorpresas, de las que destacaría 10.000 km (Carlos Marqués-Marcet) y Hermosa juventud (Jaime Rosales), ambas sobre el amor imposible en un mundo imposible que describía Javier Egea, o sobre cómo las condiciones materiales lo condicionan absolutamente todo, incluidas nuestras relaciones. En la lista de nominaciones destaca la ausencia de Leviatán (Andrei Zvyagintsev) optando a mejor película europea, más aun habiéndole levantado el Globo de oro a Ida.


Alberto Rodríguez, que saltó a la palestra con 7 vírgenes en 2005, describiendo el mundo del lumpen, dio el campanazo en 2012 con Grupo 7, película de acción absolutamente necesaria que se llevó solo 2 goyas de 16 nominaciones. Ambas retratan a mundos excluidos, primero de la “modernización” de España y después de su burbuja. La isla mínima tiene mucho de eso. Más que un trhiller policíaco es una película que va sobre la Transición que no fue tal. Él mismo lo reconoce: su mayor influencia fueron los dos documentales críticos de los hermanos Bartolomé, Después de… (1981), en los que se nos dice que de transición modélica, nada de nada. Alberto es muy inteligente: sabe que la propaganda solo es buena si parece que no es propaganda. El éxito es tan rotundo que muchos de quienes hayan visto la película creerán que estoy exagerando, pero en absoluto: La isla mínima nos dice que en España no hubo una depuración de los aparatos represivos del franquismo y que la transición, en su sentido más amplio, no llegó a la “España profunda”. Ése es el mensaje que esconde la maravillosa atmósfera, la trama, el sonido y el magnífico elenco de actores.


Hay tres personajes que planean desde el principio al final, imprescindibles para entender mejor la película. El primero es Armando López Salinas, escritor comunista autor de la impresionante La mina (1959), recientemente editada por Akal y David Becerra, y de dos novelas que inspiraron al director como él mismo ha confesado: Caminando por las Hurdes (1960) y sobre todo Por el río abajo (1966). En ambas, los protagonistas se adentran dentro de la España más profunda donde, literal y materialmente, se quedó estancada hace décadas. Bastantes décadas. El primer libro utiliza fotografías de Luis Buñuel, que hizo lo propio en Las Hurdes (1933). El segundo describe, desde la perspectiva del realismo social, los recovecos del Guadalquivir: los planos aéreos de la película son magníficos.


El segundo es el fotógrafo Martín Aya, “el último fotógrafo que miró a la clase obrera”: “Fue fotógrafo en blanco y negro en un país que no conseguía coger color. Se interesó por los protagonistas de la parte de atrás de la historia, los de la España sin Transición, los que no lograron pasar de la humildad y la escasez al bienestar. Los aplastados. Como ese galgo exprimido que arrastra sus costillas por las marismas del Guadalquivir y agacha la cabeza, sumiso y huidizo. Un perro semihundido, en un país semienterrado. Ése, el que busca Aya”. Aquí algunas de sus fotos.


El último es Billy el Niño, pistolero franquista de tantos buscado por la justicia argentina ya que la española sigue fiel a la ley de “punto y final”, que es lo mismo que decir: aquí no ha pasado nada. Además, Alberto nos lo dice de manera inteligente: es gente normal, es gente que se integró y que te invitará a una botella de vino aunque no seas como él. Son personas. Y no podemos reabrir viejas heridas. Y tampoco podemos poner el grito en el cielo por ello, él mismo lo dice así: “Este país no es democrático, no está acostumbrado”. Brillante. Solo un año después vino el triunfante 23F, con la LOAPA, la paralización de las exhumaciones de fosas y de cualquier reforma democrática mínimamente profunda. A los dos años vino el PSOE con la mayoría absolutísima dispuesto a enterrar todas y cada una de las esperanzas de cambio real. Desde entonces, solo ha habido una película que se ha atrevido a cuestionar la versión oficialista de la Transición. Así nos va.

jueves, 8 de enero de 2015

La classe operaia va in paradiso (aportación a la polémica Nega - Maestre)


Casualidades de la vida, a pocos minutos de acabar la magnífica Pride (2014), de Matthew Warchus, me topaba con la respuesta del Nega a Antonio Maestre: La clase obrera como campo en disputa. Sí vi la entrevista en Otra vuelta de Tuerka, pero no leí el primer artículo de Maestre porque pensé que vida solo hay una para tirarse todo el día leyendo artículos de Público, La Marea o Cuarto Poder sobre Podemos y adláteres. Una vez leídos ambos, con la entrevista reciente (en ella iba una parte importante de mi adolescencia tanto política como musical) y tras darle un 9 en FilmAffinity a Pride, me gustaría exponer algunas apreciaciones.

Habrá que empezar por el principio, ya que en estos tiempos líquidos las obviedades son más necesarias que nunca. Vivimos bajo un sistema capitalista que nos divide en clases sociales, con intereses antagónicos, según nuestra posición respecto de los medios de producción; simplificando mucho, está la burguesía por un lado, y la clase obrera, por otro. Desde la Asamblea Nacional Francesa, la metáfora que se utiliza para representar esa pugna es la dialéctica izquierda/derecha, que ha ido difuminando el sistema de partidos español hasta ser sustituida, en buena medida, por dialécticas como arriba/abajo o mayoría/minoría. En cualquier caso, que la contradicción principal sigue siendo capital/trabajo es indiscutible, como lo es la existencia de la clase obrera, aunque el posfordismo la haya sometido a mutaciones, desarticulaciones, etc. El precariado como “clase social emergente” no existe; existen las condiciones de precariedad en las que los trabajadores venden su fuerza de trabajo (¿en los años 20 no existía la precariedad?). Al menos en España, se utiliza el concepto precario principalmente para denominar a los trabajadores con estudios, haciendo una separación de los sin estudios, siempre partiendo de un elitismo clasista: que jóvenes con carreras trabajen en condiciones de miseria es una infamia, que lo hagan sin estudios ya no tanto. A raíz de Chavs, el libro de Owen Jones, se abrió un debate interesante, y es importante empezar por aquí, porque Nega fue el primero que se enfrentó a la izquierda académica-mediática (incluido Pablo Iglesias) defendiendo la existencia y, por tanto, la capacidad revolucionaria de la clase obrera.

Siguiendo con un análisis marxista (y muy simplista por razones de espacio), sobre esa infraestructura que determina las condiciones económicas y materiales, se levanta la superestructura como el conjunto de chiringuitos político, jurídico, institucional, cultural, mediático, etc. para conseguir, en última instancia, que la clase dominante sea capaz de presentar sus intereses particulares como los intereses generales, de imponer su particular visión del mundo haciendo que los dominados la asuman y la incorporen al «sentido común». El poder es como un centauro, tiene una parte animal y otra humana: no solo gobiernan con la fuerza, también con el consentimiento. Aquí es donde ganan notoriedad autores como Atlhusser (y sus estudios sobre los aparatos ideológicos del Estado) o Gramsci (muy recurrido últimamente), aunque ya Marx se lamentó de que, por razones de tiempo, pusieran menos énfasis del necesario en el estudio de la superestructura. En cualquier caso, el propio Marx dejó escrito que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Eso quiere decir que la ideología dominante es la ideología burguesa, se exprese en forma liberal o conservadora, en racismo o en machismo (ambas existían antes del capitalismo pero desde luego funcional a éste son), en pelearse con un familiar por la herencia o en pisar a tu compañero de equipo para que no te quite el puesto de lateral, en Belén Esteban como ídolo de masas o en la figura del emprendedor.

No nos engañemos: los que sufrimos la crisis somos mayoría (clase en sí), pero quienes tenemos conciencia de ello (clase para sí) y apostamos por un proyecto rupturista, una minoría.  Salvo que demos por buena la teoría de que en el capitalismo la mayoría puede hacerse rica y los 11 millones de votantes del PP son todos grandes empresarios, banqueros o terratenientes. Si, por el contrario, creemos que la clase obrera está desorganizada y una buena parte de ella vota bipartidismo (o abstención “inconsciente”), estamos diciendo que la clase obrera vota a un partido racista, homófobo, que gobierna radicalmente en contra de sus intereses y además está fundado por un exministro franquista; o a un partido que, para más saña, se dice socialista y obrero y los malvendió a Alemania, entre otras cosas. También está la teoría de que todos son tontos. No, ni una cosa ni la otra: la política es algo principalmente irracional, emocional; influye la ideología, que es algo mucho más complejo que definirse como progresista o conservador: influye el miedo, la incertidumbre, el sermón del padre a la hora de la comida, los telediarios, la radio, los Trending Topic, el profe de historia de bachillerato, tu novio, tus amigos, el camarero, los anuncios en el descanso de un derbi, etc. Criticar la renta básica o decir que dentro de la clase obrera hay racismo o machismo, no es tener una mala malísima visión antropológica del ser humano, es decir que el ser social determina la conciencia.

Mientras no seamos capaces de construir espacios de socialización lo suficientemente potentes como para disputar la hegemonía y en último término la ideología dominante, existirá la alienación, la falsa conciencia y los obreros asumiendo como suyos los valores del enemigo. Así ha sido siempre y así será, por mucho que caigamos en la visión paternalista (normalmente bienintencionada) que mitifica a la clase obrera como un sujeto histórico perfectamente definido que comparte unos valores emancipadores preestablecidos. A la vista está el éxito (histórico y actual) del determinismo económico que ve en la crisis el detonante exclusivo de una revolución ya que, obviamente, todos sabemos que el aumento de las deudas conllevan, per se, un aumento directamente proporcional de la concienciación y organización para derrocar el régimen en un sentido rupturista-democrático: por eso Le Pen ganará las elecciones francesas gracias al voto de los barrios obreros ocupados antaño por el PCF.

Dicho todo esto, y asumiendo que la clase obrera es un nudo de contradicciones, hay que darle la razón a Maestre para darle la razón después, paradójicamente, a Nega: Podemos es la mejor expresión del 15M, que se componía principalmente por la pequeña burguesía, la aristocracia obrera o, en términos vulgares, “la clase media venida a menos” que vio mermada sus aspiraciones (“estudia y vivirás mejor que tus padres”). Clasismo hipster en general y titulitis en particular había en el 15M y hay en Podemos: es tan obvio que ni decir tiene. No obstante, hay que reconocer que está llegando a un espacio donde IU jamás llegó: clase obrera sin formación y desideologizada (las limitaciones de unos y los aciertos de otros se pueden constatar en cualquier análisis sociológico-electoral) que permanecía (y en buena medida sigue permaneciendo) impasible ante el conflicto.

Nega dice que la clase obrera es capaz de lo mejor y de lo peor. En Pride eso se aprecia de manera maravillosamente descarnada. En 1984 los mineros ingleses se declaran en huelga contra el gobierno Tatcher. Un grupo de gays y lesbianas debate crear una plataforma de apoyo económico: la mitad de ellos se van alegando que son los mismos que se tiraron toda la juventud metiéndose con ellos e incluso pegándoles. La otra mitad se queda y tira para adelante: cuando intentan ponerse en contacto como Lesbians and Gays Support the Miners (LGSM) con el sindicato, éste ni les abre la puerta. Una vez que los atienden, sufren el rechazo de una parte importante de los mineros, pero a posteriori, con pedagogía y trabajo (el movimiento obrero es una mano sobre otra, dice un líder sindical) se producen esos lazos de solidaridad impensables en otra comunidad. Los mismos mineros que años antes llamaban pervertidos a gays y lesbianas, años después fueron a la manifestación del Orgullo Gay como señal de apoyo. Eso es la clase obrera.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Caballero sin espada (gracias Cayo)



Hoy, en el Consejo Político Federal de Izquierda Unida, Cayo Lara ha dicho que no se presentará a las primarias abiertas que la organización llevará a cabo dentro de unos meses para elegir el candidato o candidata a la Presidencia de España. Cuando le preguntaban en los medios sobre esta posibilidad, sin adelantar acontecimientos, sonreía. Se creían que estaban hablando con un cualquiera, con uno de esos que antepone lo individual a lo colectivo. Pero Cayo nunca ha dejado de ser un agricultor de pueblo, que tuvo que dejar de estudiar pronto para trabajar en el campo y que, desde abajo y sin pasar por el aro, ha ido haciendo lo mismo que ha hecho siempre pero en otros sitios. Alguien así, por mucho que “suba”, se irá como vino, en este caso con la cabeza bien alta y dando lecciones de dignidad (y lo más importante: sin presumir de ello). Aunque hay que aclarar que todavía no se va, ni muere, simplemente no será el candidato de IU, pero seguirá siendo el coordinador. Y falta que hace. Basta con mirar, más allá de tendencias electorales, qué era IU en 2008 y qué es ahora. Los que conocemos a IU por dentro sabemos que, independientemente de lo que pudiera pasar mañana, ha hecho un gran trabajo. Lo que queda no es poca cosa: hacer de IU una parte imprescindible de la revolución democrática. En otras palabras: impedir que la transformación quede en transformismo, es decir, asegurar que en España no solo haya un cambio de caras y actores, sino de escenario. Un proceso constituyente con el socialismo como horizonte.


La historia tiene estas cosas. Mientras se producía la mayor etapa de corrupción en este país (entre 1998 y 2007), curiosamente cuando el bipartidismo y “los políticos” estaban mejor valorados que nunca, Cayo se recorría los pueblos de la Mancha en una moto para explicar la burbuja inmobiliaria y se peleaba con el constructor El Pocero (amigo de José Bono, por cierto). En aquellos tiempos de “bonanza” criticar la corrupción te convertía en un carca en contra del “progreso” y la “modernidad” y por supuesto te restaba votos. En 2008, ya en plena crisis, el bipartidismo tuvo sus mejores resultados e IU los peores. Hoy, cuando se ha demostrado que IU tenía razón (sobre todo en dos cosas: Unión Europea y burbuja inmobiliaria), cuando una parte importante del pueblo español ha asumido (sin saberlo) parte del discurso de IU, vemos dos cosas curiosas: primero, que hay personas que hace tres días claudicaban ante el bipartidismo y sus desmanes y hoy se erigen como los representantes de la verdadera indignación e incluso, algunos, como los salvadores de la patria; segundo, que a pesar de que haya sido IU, y solo IU (a pesar de errores y horrores), quien haya mantenido de manera ininterrumpida la bandera de la Dignidad, ésta sufre los mismos ataques o incluso a veces más que el propio bipartidismo y, por supuesto, cómo olvidar, el poder económico y financiero siempre a la sombra.


En fin, no es día de grandes fábulas, citas o metáforas. Es día de repetir que la unidad es necesaria y todo eso, pero a mí me tienen que permitir decir que no hay en España un político con la honradez y la humildad de Cayo Lara y que ese orgullo, el de compartir trinchera, no me lo va a quitar nadie. Nunca ha sido ni el más carismático ni el mejor orador, pero en tiempos líquidos de discursos vacíos e individualismos cesaristas, que en 2011 pudiera votar una lista encabezada por Cayo Lara me llenó y me llena de orgullo (de clase).

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La corrupción en España: de La escopeta nacional a Crematorio



Rafael Chirbes, que fue descrito por Gregorio Morán como uno de esos pocos escritores que no participan del chalaneo de las editoriales y sus autopremios, escribió una novela en 2007 que tituló Crematorio. Sánchez-Cabezudo la adaptó a la televisión de la mano de Canal+ cuatro años más tarde, ya que hasta aquellos entonces hablar de corrupción era cosa trasnochados en contra del progreso. Sin duda podemos considerarla como una de las mejores series españolas de la historia, por su calidad e incluso por su buena acogida. En Todavía voy por la primera temporada de Edu Galán se analizan las series españolas y se llega a una conclusión obvia: es la única que trata la corrupción. Supongo que no habrá suficiente material historiográfico o de actualidad como para darle un par de vueltas al asunto.


En cualquier caso, la grandeza de Crematorio no reside en ser la única sino en representar mejor que nadie eso que Manolo Monereo denomina «la trama»: la alianza entre el poder económico y el poder político que hace posible que manden los que no se presentan a las elecciones. Hay un diálogo digno de ser proyectado en todas las Facultades de Políticas y Economía (que ambas materias se estudien en facultades distintas fue un logro ideológico del neoliberalismo). En él, el protagonista principal Rubén Bertomeu (magistralmente interpretado por Pepe Sancho), todopoderoso constructor, conversa con un asesor del concejal de urbanismo. Antes de nombrarlo concejal de urbanismo, dice de manera literal, lo siguiente: «No podemos depender de las urnas, hay que estar por encima de eso. Hay que permanecer venga quien venga».


Nada nuevo. Hace un siglo Lenin dijo que la concentración de la producción, la consiguiente monopolización y la fusión entre la industria y la banca daría lugar al capital financiero, que acabaría controlando no solo el Gobierno sino el Estado. De esta lógica nacen los matrimonios entre el poder económico y los políticos. La luna de miel son los puestos en los consejos de administración de bancos y grandes empresas. Una manera vergonzante de premiar al servidor público por hacerle las faenas de aliño al poder económico (privado): Endesa, Gas Natural, Abengoa, Repsol, Iberdrola, Telefónica, Banco de Santander… Las puertas giratorias forman parte de la relación de un sistema, de un conjunto de redes interconectadas y dependientes entre sí. Cuando el joven juez de En nombre de la ley  de Pietro Germi (1949) llega a Capodarso para luchar contra la mafia, se da cuenta de que la mafia no es solo un grupo de pistoleros, sino un entramado del que forma parte mucha gente, en este caso, una parte importante del propio pueblo, que no dispara pero consiente.

La corrupción no es solo una “degeneración” o una “mala deriva” de personajes sin escrúpulos, también es la gasolina que hace que el sistema no se pare. El neoliberalismo en general y la Unión Europea en particular se cargaron cualquier posibilidad de democratizar la economía, es decir, de orientarla hacia el cumplimiento de los derechos humanos y los servicios sociales más básicos. La llamada globalización barrió los Estados (salvo el alemán), es decir lo público y la política. Lo denunció Julio Anguita en los noventa cuando Tietmeyer, presidente del Bundesbank entre 1993 y 1999, dijo literalmente lo siguiente: «Los políticos deben acostumbrarse a que sus decisiones vienen predeterminadas por las leyes del mercado». Si a esto le sumamos la particularidad berlangiana del capitalismo de señoritos que cierran negocios entre cacerías y timbas de póker y una clase política especialmente predispuesta a poner la mano, tenemos el esperpento.


Las tarjetas black o los aeropuertos sin aviones (entre una infinidad de corruptelas) son especialmente llamativas por lo dantesco, pero quizá lo más importante sea enmarcar cada triquiñuela concreta en un sistema de corrupción mucho más amplio: «la trama» como alianza entre el poder económico y el poder político. El hecho de que el que robe sea político debería ser un agravante para, al menos, doblar la condena. Si además se trata de un político que dice defender los valores de la izquierda en sentido amplio, tendría que ser tratado como los delatores que en el franquismo traicionaban a sus compañeros por migajas. Dicho esto, si solo criminalizamos a los corruptos y nos olvidamos de los corruptores y del propio sistema, cuya dinámica conlleva de manera consustancial la corrupción, nos equivocaremos. Un régimen político-institucional (superestructura) está determinado en buena medida por el sistema económico (infraestructura); si únicamente cambiamos de actores y no de escenario nos pasará como en Italia: la corrupción de la tangentopoli que acarreó todo un “cambio de régimen” trajo a Berlusconi. Tendremos que estar atentos y leer En la orilla de Rafael Chirbes (Anagrama, 2013), un «comunista a lo Cervantes» como él mismo se define, al que leen más en Alemania que aquí.

P.S.: En el escándalo de las tarjetas black también había gente de IU y CCOO. Para evitar bochornos indescriptibles de este tipo tenemos que tener al menos una cosa clara, de entre tantas. Si un partido no tiene una organización fuerte y sólida, cuya base sea la militancia, se agararrá simplemente por inercia a lo que tiene: normalmente una red de cargos institucionales. Si esto ocurre se puede llegar a un proceso paulatino de institucionalización. Y el sustento de la institucionalidad es la corrupción y, en última instancia, la cooptación.

Estoy en Twitter