jueves, 22 de julio de 2010

Roma (Adolfo Aristarain, 2004)


La irrupción del periodista Manuel Cueto en la vida del escritor Joaquín Góñez, a instancias de la editorial para la que Joaquín está escribiendo su último libro, provocará un desasosiego en la solitaria vida del escritor, aislado del mundo y huidizo de sus propios recuerdos. Acostumbrado a la soledad de los últimos años, el encuentro con el joven periodista le despertará emociones olvidadas que le transportarán a las décadas de los cincuenta y sesenta, en pos de su niñez y sus locos años de juventud vividos en Buenos Aires. Los errores propios de quien comienza a experimentarlo todo en la vida; el recuerdo de los amigos; la importancia de la lealtad; la influencia del cine y el jazz; el sabor del primer amor y la experiencia de otros muchos; y la íntima relación que guardó con sus padres y, en especial, con su madre, Roma, una mujer inteligente, fuerte, comprensiva y comprometida con los ideales de juventud de su hijo le llevarán a reflexionar sobre la influencia de la confianza que su madre depositó en él en su juventud. A a ella, sin duda, Joaquín le debe el haber sido siempre un espíritu libre, bohemio, fiel a sí mismo y a los ideales que juntos, un día, al calor de la memoria del padre, soñaron. Y es precisamente el recuerdo imborrable de Roma el que despertará en Joaquín el deseo y la impaciencia por recuperar todo lo que hasta ese momento creía perdido.

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lunes, 12 de julio de 2010

Un lugar en el mundo (Adolfo Aristarain, 1992)


Ernesto regresa para pasar un día en el pueblo de su infancia, San Luis, en un remoto valle de Argentina, y así poder recordar las anécdotas y hechos que le convirtieron en la persona que es ahora. Sus padres Mario y Ana se habían exiliado voluntariamente de Buenos Aires, pero la llegada de Hans, un geólogo español a la búsqueda de petróleo, presagia que la tranquilidad del lugar está pronto a su fin.

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jueves, 1 de julio de 2010

Un gallifante para María Dolores de Cospedal

(Si se te cansa la vista por los colores del blog te aconsejo que descargues el artículo en PDF aquí)


Hoy jueves, 1 de julio, hemos asistado a una escena tragicómica más de esa fábula milesia llamada Televisión, protagonizada por María Dolores de Cospedal. La susodicha ostenta el prestigioso y honorífico cargo de Secretaria General y número dos del Partido Popular, aunque eso en realidad importa un comino, ya que en la Televisión habla cualquiera: letrados, iletrados, ilustrados, incultos, etc. Amparados por una de las leyes más fundamentales de la Carta Magna y de la Televisión, por antonomasia: Hay libertad de expresión para mentir, manipular o, en el mejor de los casos, decir verdades a medias.

La señora se hallaba en Guadalajera, rodeada de cámaras y flashes, y a propósito de José Montilla y sus intenciones ha declarado: "Esa actitud del señor Montilla de reeditar el Pacto del Tinell, es fascista o marxista pero en el peor de los sentidos, en el sentido dictatorial, tratar de excluir a un partido político de la vida política porque piense distinto cuando lo que está haciendo ese partido es defender la Constitución de todos los españoles".

De su verborrea aparentemente inofensiva se pueden sacar muchas cosas en claro, como por ejemplo una capacidad expresiva deficiente, aunque esto sólo lo digo por chinchar, lo realmente importante es el contenido incoherente y fascista (qué pasa, si hasta ellos mismos utilizan la palabra al tuntún...).

Lo primero que hace la señora en su declaración, es caer de forma intencionada e inequívoca en una Gilipollez Universal de las más típicas dentro de la reacción rumiante: Equiparar fascismo con comunismo (marxismo). Esta equiparación suele ir acompañada de expresiones como "los extremos se tocan" o la mejor: "todas las dictaduras son malas, sean de izquierdas o de derechas".

A ver, María, yo sé que tú de luchas de clases entiendes lo que tu marido de madrugar, pero bueno... No cabe duda de que nuestra sociedad es una sociedad de clases, en la que hay proletarios y burgueses, oprimidos y opresores, pobres y ricos. Yo sé que tú no sabes lo que es pertenecer a la plebe y que empatía no gastas mucha, pero cualquiera que sí sepa lo que es trabajar de sol a sol sin oportunidad de progresar o cambiar las cosas, caerá en la cuenta de que está siendo dictado. El principal problema está en que los que ejercen tal poder, tal dictadura tan sólo representan a un ínfimo porcentaje de la población, y además éstos sólo aspiran a enriquecerse sin doblar la raspa, como se dice por aquí.

Por otro lado tenemos la dictadura del proletariado (la de izquierdas), cuyo fin no es perpetuarse, sino la abolición de las clases para que no haya ni explotados ni explotadores. Y además, ésta representa a la inmensa mayoría de la población que es currante, trabajadora, obrera, proletaria, etc. Y si además entendemos que los ricos no soltarán la teta por las buenas, entenderemos que ésta representa un paso irremediable e inevitable para la supresión  de la sociedad de clases y la construcción de una sociedad más justa. De manera que las palabras de María y la comparación típica de fascismo con comunismo tan sólo podría aspirar a la sección de humor o a la sección "cómo llegar a la política sin tener ni puta idea".

Siguiendo con su declaración, he de pararme inmediatamente después de la Gilipollez Universal estudiada anteriormente.  Dice que tratar de excluir a un partido político de la vida política porque piense distinto es una actitud fascista. Yo, ahora, si pudiera sacaría el cartel de aplausos, porque lo ha clavado y porque, supongo que sin darse cuenta, acaba de retratarse a ella, a su partido y a la clase política española. Yo estoy de acuerdo con esta afirmación, y me gustaría preguntarle a la señora María Dolores, qué tipo de actitud es esa de ilegalizar, no un partido, sino unos cuantos tales como el PCE (r), Herri Batasuna, Batasuna, KAS, Euskal Herritarok, D3M, PCTV, ANV, etc. U organizaciones juveniles como Jarrai, Haika o Segi. O periódicos como Egin. ¿Esa es una actitud democrática, señora María, o es una actitud fascista? Lo que está claro es que no eres tonta del todo, y que al menos sí que sabes lo que es el fascismo, así que lo más digno que podríais hacer en tu partido es quitaros las caretas y reedefiniros ideologicamente. Una vez hecho eso, sería honesto que os presentarais tal y como sois, sin complejos. Y ahora es cuando yo me tomo la libertad de aconsejaros y os doy una idea de cómo lo haría yo si fuera de los vuestros. Algo parecido a:

"Lo cierto es que mis compañeros y yo formamos un partido fascista, neofranquista para ser más exactos, ya que nos consideramos heredores directos del franquismo. Todo este tiempo nos hemos aprovechado y excusado en la Constitución, que en realidad no representa a todos los españoles, sino que fue y es una farsa para que todo cambiara pero sin que nada cambiara.

Nuestro principal sustento siempre han sido los medios de comunicación, que bailan a nuestro son, y también la colaboración del resto de partidos que, como nosotros, son unos estómagos agradecidos. No puedo olvidarme del pueblo manipulado y socialadormecido, que ha trabajado a destajo en la obra y en el campo, no sólo para enriquecernos a nosotros, sino para luego, encima, tragarse nuestros discursos. Está feo que lo diga yo, pero lo cierto es que eso me recuerda a la mujer que es violada en una callejón oscuro, y para más inri, ésta le pide al violador que se le corra en la cara. Y perdón por la expresión".

Lugares comunes (Adolfo Aristarain, 2002)


Fernando Robles (Federico Luppi) es porteño, ya ha cumplido los sesenta y es profesor de pedagogía en la universidad. Enseña a enseñar. Lleva toda la vida casado con Liliana Rovira (Mercedes Sampietro), española, hija de catalanes, que trabaja como asistente social en barrios marginales de Buenos Aires. Se quieren, se respetan, son leales. Nunca se aburren estando juntos, les gusta estar solos. Se conocen profundamente, se aceptan, se pelean sin odio, se divierten. Son amantes, socios, amigos, cómplices. Ninguno de ellos concibe la vida sin el otro. Tienen un hijo, Pedro (Carlos Santamaría), casado y con dos hijos, que tiene un buen trabajo en Madrid, donde vive en una urbanización de clase media acomodada. Ambos sobrellevan con esfuerzo y resignación las ausencias, las privaciones, la incertidumbre del futuro, la falta de proyectos, la desesperanza. Pero el mundo plácido y reflexivo de Fernando se ve profundamente alterado cuando recibe sin previo aviso la comunicación oficial en la que le informan de su jubilación forzosa, un hecho que va a cambiarle la vida...

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