martes, 27 de septiembre de 2016

Errejón, Iglesias y Garzón: entre Woody Allen y Dellafuente




Uno va al cine a ver la película anual de Woody Allen como va el vecino de Huelin a ver a la Virgen del Carmen. Es casi un ritual. Y lo cierto es que pocas veces decepciona. Con Café society parece que ha recuperado a una parte de la crítica que se ha ido quedando atrás con la inevitable falta de frescura del octogenario neoyorquino. A veces lo mejor para contar algo complejo es hacerlo a través de una historia sencilla. Y ésta, sencilla es, porque el trasfondo es tan viejo como el comer: cómo, en una sociedad en la que se han mercantilizado todos los espacios, las condiciones económicas y materiales influyen hasta en nuestras relaciones. A algo parecido a esto se refería Javier Egea cuando afirmaba que el amor era imposible en un sistema imposible, y sobre esto escribe Felipe Alcaraz en su nueva novela, La torre y las mujeres.

Sin embargo, y a pesar de que me gustó, no fue hasta que escuché A lo mejor, el segundo adelanto de Ansia viva, el disco de Dellafuente, cuando volví a reflexionar sobre ello. Ambas, la película y la canción, van sobre lo mismo, pero desde una perspectiva social distinta, con lo que ello conlleva: códigos y lenguaje diferentes: “El banco llamando a la puerta, dice que está a cero la cuenta/ mi hermano que no me contesta, se iba a matarse por mierda/ el día de cobro que no llega, y se va vaciando la nevera/ otra semana más que no comemos por ahí fuera”.

Cuando Dellafuente y Maka sacaron La vida es (“… y su niño con la cara triste, otro año sin ir a EuroDisney”) convirtieron en estériles los debates entre Supersubmarina y Los Chikos del Maíz o entre Coldplay y Bruce Springsteen. Un apunte musical: la música del barrio siempre será el flamenco, como bien reconocen los Estopa, por mucho que les guste el rap o la rumba catalana. No es una cuestión estrictamente musical, como tampoco debería ser una cuestión de estilo o tono: ¿A quiénes te diriges? Ésa siempre será la primera pregunta. No es tan fácil de responder como parecería a priori, de ahí el extenso material de debate producido en los últimos años principalmente alrededor del clase obrera vs precariado. En el fondo es el debate que se esconde tras las veleidades intelectuales de unos y otros.

Lo que nos ha mostrado tercamente este ciclo político, cuyo broche puede ponerse en diciembre, son los límites de la hipótesis populista. Basta con ver ahora, con perspectiva, el documental Política, manual de instrucciones de Fernando León. El sujeto de cambio de dicha hipótesis, a saber, la autodenominada clase media venida a menos que vio mermada sus aspiraciones sociales, ha resultado insuficiente: una parte se fue tan rápido como vino al ver el esperpéntico juego de tronos parlamentario, y otra parte puede acabar haciendo lo propio como resultado de unas aspiraciones políticas no satisfechas. La indefinición impide un arraigo ideológico, un vínculo político sólido. Galicia nos enseña qué significa luchar contra un poder enorme, que no es solo económico (en forma de redes clientelares y corruptelas varias) sino también ideológico (al que la indefinición no le hace ni un leve arañazo), con cuatro eslóganes y un giro lingüístico. No es suficiente.

“Y ahora dicen: estamos en crisis. Pero eso bien lo sabe Dios/ que en crisis llevamos desde que la guapa de mi mae me parió”. Efectivamente, dentro de la mayoría social golpeada por la crisis, necesariamente interclasista, existen quienes no tienen carreras, quienes no se quejan por tener que trabajar de camareros, quienes no leen a Laclau ni ven películas de Tarkovski. Están menos politizados y se dedican a sobrevivir; ya lo dijo Brecht: primero está el zampar, luego viene la moral. Pero tienen algo bueno. Nada, un detalle sin importancia: son la mayoría. Hay dos maneras de dirigirse a ella. La primera es de manera paternalista, desde arriba (mirar desde arriba no es mirar). La segunda es de manera horizontal, mirando a los ojos y creando contrapoder social. La primera obvia las correlaciones de fuerzas y convierte la política en un gigantesco plató electoral; la segunda es consciente de que salvo el poder todo es ilusión. La primera quiere representar a la gente, la segunda ser gente. Éste y no otro es el debate entre Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. Uno que podría entonar el yo ya lo dije con toda la legitimidad del mundo es Alberto Garzón.

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